El racismo en los teóricos del nacionalismo catalán

El racismo en los teóricos del nacionalismo catalán

El nacionalismo catalán, nacido a fines del siglo XIX, y contemporáneo de las ideas que basaban la identidad nacional en el volkgeist, desplegó desde el principio una base racista que ha alcanzado nuestros días. El victimismo propio del Romanticismo -y específicamente característico del nacionalismo catalán- elaboró una mitología que, al igual que sucedió en el caso de nazismo alemán con respecto a los judíos, recreaba un esquema de acuerdo al cual los catalanes eran al mismo tiempo sojuzgados y superiores y, por lo tanto, sus enemigos poderosos e inferiores; contradicción de difícil resolución.

Pero para un decidido teórico nacionalista -Almirall-, nada es imposible: “La raza que ha sido y sigue siendo la predominante, la castellana, es impotente para levantar la nación”; y sigue: “Los defectos que muestra [la raza catalana] le han sido contagiados; para regenerarse ha de deshacerse de todo lo postizo que le ha sido impuesto”.

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En Almirall la idea de raza tenía una función primordialmente cultural, al igual que en alguno de sus contemporáneos, como es el caso de Rovira i Virgili, que aseveraba la existencia de una “irreductible oposición espiritual” entre los castellanos y los catalanes. Era la época en que el darwinismo triunfante presuponía la existencia de pueblos superiores e inferiores, lo que era fácilmente identificado con su carácter puro o impuro.

Españoles, judíos degenerados. Así, el doctor Martí comenzó a hablar en un inconfundible lenguaje de “higiene social” para impedir la entrada en Cataluña de “los degenerados y productos de razas inferiores -y además, decadentes- que se han introducido en Cataluña ejerciendo la acción desorganizadora que en todas partes realizan los elementos biológicos degenerados”.

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Consecuencia de esto son los alegatos de Casas Carbó y de Lluhí i Rissech, que se deslizan desde las anteriores consideraciones culturales hasta las abiertamente racistas: “La autonomía es una idea simpática a los elementos de raza aria de España y es terriblemente antipática para los elementos de raza semítica”. La raza semítica desempeña un papel abyecto en el imaginario secesionista catalán, lo que es resumido por Pompeyo Gener en el aserto que reza: “El hebreo es el esclavo por naturaleza”.

El castellano es el judío peninsular. Como tal, se halla más allá de toda redención. Pronto, sin embargo, los teóricos del nacionalismo catalán terminan encontrando la comparación poco apropiada, y buscan en latitudes más exóticas: los castellanos llegan a ser solo comparables a “los zulúes y antropófagos”, por lo que “tardarán algunos siglos en disfrutar los frutos de un positivo bienestar social, pues estas razas de espíritu regresivo son refractarias al progreso humano”.

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Tontos de necesidad. Con todo, resultaba menos ofensivo que la pretensión de Lluhí i Rissech de que “el nacer en tierras castellanas y ser tonto de necesidad es una misma cosa”. La consecuencia evidente, en fin, es que el español es considerado un ser incapaz, un disminuido, a causa de su genética oriental: “Hay demasiada sangre semítica y bereber esparcida por la península...”.

Así que ya hemos llegado a la consideración de la superioridad de la raza catalana. El periodista Pompeyo Gener consideraba que en España triunfaba una raza que ocupaba el territorio al sur del Ebro compuesta por los “semitas y presemitas (sic)”, encontrando incluso la presencia de elementos “mongólicos”, proveedora de los funcionarios que engrasan la maquinaria administrativa de “castellanos, andaluces, extremeños, murcianos, etc.”.

No era raro que, para 1899, apareciesen las tesis de Joan Bardina sobre la existencia de una España africana y semita frente a la Cataluña aria y europea, o las de Puig Sais, médico para quien había que “aumentar el número de catalanes de pura raza (…) que nosotros hemos de tener buen empeño en conservar pura…”.

Casi cien años más tarde, el histórico dirigente de la izquierda nacionalista catalana, Heribert Barrera, afirmaba que “el cociente intelectual de los negros de EEUU es inferior al de los blancos”. En Cataluña, a nadie le extrañó demasiado.

Pujol, ese (super)hombre

En agosto de 1933, el líder secesionista Dencàs había afirmado que “hará falta levantar una bandera antidemocrática”. Trataba, en esos momentos, de crear un Frente Nacional de Juventudes y, en respuesta a una pregunta acerca de su naturaleza fascista, había contestado que se consideraba “un socialista nacional”. Por entonces gustaba de portar una estelada negra, inspirado en las tonalidades mussolinianas.

Dencàs recogía el espíritu del racismo fundacional. Aunque una parte de ese espíritu pareció extraviarse, con el correr de los años resurgió oportunamente. En los años setenta, escribía Jordi Pujol al respecto de la inmigración interior: “El hombre andaluz es un hombre anárquico. Es un hombre destruido, un hombre poco hecho, un hombre que hace cientos de años que pasa hambre y vive en estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual. Es un hombre desarraigado, incapaz de tener un sentido un poco amplio de comunidad”.

Una minucia, sin duda, comparado con la idea de Heribert Barrera de “esterilizar a los débiles mentales a causa de un factor genético”. Lo primero es Cataluña: de modo que “si continúan las corrientes migratorias, Cataluña desaparecerá; hay que evitar la inmigración no catalana”.
Que ese racismo no es algo del pasado lo muestran con claridad las recientes declaraciones de Marta Ferrusola, Artur Mas o Jordi Pujol. Actualizadas, naturalmente, y referidas al problema de la inmigración. Pero ahí están las raíces.

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