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Olvidar la coca, el reto de los campesinos colombianos frente a la paz

Olvidar la coca, el reto de los campesinos colombianos frente a la paz

04 marzo, 2016
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Actualizado: 04 marzo, 2016 0:00
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Cynthia de Benito

San José del Guaviare (Colombia), 4 mar.- Aseguran no echar de menos la coca, pero los campesinos de la selvática región colombiana del Guaviare admiten que obtener las ganancias que les otorgaba el cultivo ilícito les llevará el triple de tiempo y trabajo, un reto que han empezado a asumir con ayuda internacional.

El Guaviare, en el sur del país, es uno de los epicentros del cultivo de coca, la materia prima de la cocaína y fuente de financiación del conflicto armado que vive Colombia desde hace 50 años.

Ahora, con la eventual cercanía de la firma de la paz con la guerrilla de las FARC, se prevé una migración de la coca hacia siembras legales, tal y como se ha planteado en las conversaciones de La Habana.

Pero la tentación por la coca sigue siendo fuerte, pues una hectárea puede generar, según cuentan antiguos cocaleros a Efe, unos cuatro millones de pesos (unos 1.250 dólares) cada dos meses, cifra que equivale a casi seis veces el salario mínimo del país.

Este dato ayuda a entender por qué la superficie cultivada con coca en Colombia creció un 44 % en 2014, según el último informe de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), que aclara además que en el Guaviare el precio del kilo de hoja de coca subió un 42 % ese año.

«Yo llegué al Guaviare como llegó todo el mundo: buscando la coca», dice a Efe Wilson Caro, hoy presidente de la Asociación de Ganaderos Ecológicos del Guaviare (Asogeg).

Caro se mudó hace más de veinte años a la finca de la que hoy es propietario, donde llegó a cultivar hasta 800 hectáreas de coca, un negocio «rentable» gracias a los intermediarios de los grupos armados -nunca supo a quién vendía en realidad- hasta que la violencia se desató.

«En un principio era bueno, no había violencia, pero luego los grupos armados se multiplicaron, empezaron a manejar ellos el precio y hubo disputas por las ventas», recuerda.

Era 1990, poco después los aviones de la Fuerza Aérea empezaron las aspersiones con glifosato, un potente herbicida introducido con el Plan Colombia, la estrategia de cooperación militar de Estados Unidos creada hace 15 años para combatir el narcotráfico en el país sudamericano.

El miedo llevó a Caro a erradicar los cultivos a mano, con varias personas, para sustituirlos por yuca, pese a no haber un mercado rentable. Así se hizo ganadero, una labor por la que sigue sin recibir lo que ganaba con la coca.

Ahora busca otra alternativa con la Escuela de Campo de Agricultores (ECA), un novedoso programa implantado en el Guaviare por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y financiado por la Unión Europea (UE) para aprender a sacar el máximo partido de sus tierras.

Las ECA, puestas en marcha en esta región hace menos de un año, ya han beneficiado a unas 300 familias, y se unen a otro proyecto de la FAO sobre seguridad alimentaria, también financiado por la UE, para que los campesinos tengan huertas de autoconsumo, proyecto que ya aplican unas 550 familias.

En total, la UE ha invertido en estas y otras iniciativas de convivencia y paz más de 6,3 millones de euros (unos 6,9 millones de dólares) en el Guaviare, que han sido complementados con 2.270 millones de pesos (unos 712.000 dólares) aportados por el gubernamental Departamento de Prosperidad Social (DPS).

«Los modelos de la ECA comenzaron en Colombia en los años 90. Se trata también de crear una escuela de asociatividad», comenta a Efe el representante de FAO en Colombia, Rafael Zavala Gómez del Campo.

Uno de los pioneros en implantar la huerta es José Vera, quien afirma que prefiere los plátanos o las patatas a la coca porque «el beneficio es sostener a la familia».

Algo parecido argumenta Caro, que asegura «vivir más tranquilo» desde que es ganadero, si bien pide más ayudas y recursos para abrir mercado.

Esa es la gran demanda de muchos cocaleros, contrarios a destruir sus cultivos sin garantías de subsistencia digna, pues algunas alternativas, como el caucho, tardan más de cinco años en generar rentabilidad.

«Solo produce la ganadería: carne y leche», resume Caro. Y el paisaje del Guaviare, dominado por vacas, parece darle la razón. EFE

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