Otto de Europa

Otto de Europa

Amadeo-Martín Rey

Cuentan que, al día siguiente de un partido de fútbol entre las selecciones nacionales de Austria y de Hungría, un ayudante del archiduque Otto le preguntó: “¿Vio anoche el partido Austria-Hungría?”. “No”, contestó Otto, y añadió: “¿Contra quién jugamos?”. Y es que el que fuera jefe de la Casa Imperial de Austria hasta 2007 había nacido cuando su padre, el beato emperador Carlos I de Austria, rey de Hungría y de Bohemia, reinaba sobre el inmenso Imperio austrohúngaro, surgido en 1867, aunque formado por once antiquísimos Estados: una monarquía plurinacional de muy difícil articulación, unidos bajo la doble corona, la imperial y la de San Esteban. El recientemente fallecido Otto era príncipe imperial y archiduque de Austria y príncipe real de Hungría y Bohemia. Desde luego, por sus venas corría la sangre de los Habsburgo, los Borbones de Francia, España, Dos Sicilias o Parma, los Braganza portugueses, los Sajonia, los Saboya, los Baviera, los Löwenstein-Wertheim-Rosenberg o los tan conocidos en España Hohenlohe-Langenburg. Pero eso les sucede a muchos príncipes; sin embargo, no todos han tenido una vida como el archiduque Otto. Nacido cerca de Viena, vivió en los castillos suizos de Wartegg y Prangins, en la isla portuguesa de Madeira –donde murió su padre–, en el palacio de Uribarren de las costas vizcaínas de Lequeitio –gracias a Alfonso XIII y al conde de Urquijo–, en Washington, en Bélgica –donde estudió Ciencias Sociales y Políticas–, en Francia –huyendo de un Hitler que le odiaba por su oposición al Anschluss–, y en Baviera, donde murió.

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Fue eurodiputado por Alemania y miembro de la Comisión de Asuntos Exteriores del Parlamento Europeo, donde destacó como relator de muchas cuestiones, y dedicó su vida y muchos de sus 35 libros a la idea de una Europa unida bajo el signo de la cruz. En efecto, fue presidente de la Unión Paneuropea Internacional, de 1973 a 2004, cuyos postulados europeístas, liberales y de responsabilidad social cristiana defendió con apoyos como los del príncipe Enrique von Starhemberg, que me contaba hace años en Pamplona cómo las 12 estrellas de su bandera –que hoy lleva también la enseña de la Unión Europea– se referían a la Virgen María.

Sufrió la expulsión de su dinastía, la prohibición de pisar suelo austriaco y la confiscación de sus bienes. Su padre sigue enterrado en el exilio de Madeira y no en esa cripta austera vienesa de los Capuchinos. Aún recuerdo el solemne entierro de su madre, la emperatriz Zita, en 1989, en aquella cripta donde su padre sólo tiene un busto de mármol. La ceremonia impresiona por su solemnidad y por su significado, que evoca lo pasajero de las glorias de este mundo. Suponemos que, tarde o temprano, él y su padre reposarán en ese viejo panteón de bajos techos y esculturas de bronce. Entonces se oirá al maestro de ceremonias cantar los nombres, tratamientos y títulos de su alteza imperial y real Francisco José Otón Roberto María Antonio Carlos Maximiliano Enrique Sixto Javier Félix Renato Luis Cayetano Pío Ignacio, archiduque de Austria, príncipe real de Hungría y de Bohemia, Croacia, Eslovenia, Dalmacia, Galicia y Lodomeria… Pero el abad capuchino, de franciscana sencillez, no abrirá la puerta de la cripta al féretro hasta que se oiga al difunto archiduque contestar, por boca del maestro de ceremonias, que quien pide paso es Otto, un humilde pecador que implora la misericordia de Dios.

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El archiduque Otto siempre fue un amante de su Casa y de la Historia, y luchó como nadie por una Europa unida. Amable y clarividente político. No tenía poder, pero sí autoridad. Siempre recordaré cómo –ya muy anciano– me escribió varias cartas desde Pocking, en su perfecto español, dándome datos que fueron utilísimos para mi tesis doctoral. Él era así: bien dispuesto, gentil, un hombre inteligente y bueno, accesible y modesto, que era consciente de quién era, digno hijo de su padre y de esa emperatriz coraje que tuvo que sacar adelante a ocho vástagos siendo viuda, mientras conservaba el luto por su añorado y bienaventurado esposo.

Decía Roosevelt que las dos personalidades que mejor conocían Europa eran el papa Pío XII y Otto de Habsburgo. Europa es fruto de la civilización cristiana y… ¿hay algo más cristiano y europeo que los Austrias? ¿No era Otto hijo de un beato? Buena parte de Europa estuvo bajo la corona de Carlos V. ¿Qué otra cosa era Otto sino uno de los más conspicuos descendientes de ese señor de Occidente, que él biografió...? El archiduque Otto amaba Europa, vivía en ella y la conocía como la palma de su mano. Llegó a renunciar en 1961 a sus derechos dinásticos para servir al continente. Logró en 1982 que los países de detrás del Telón de Acero tuvieran un asiento simbólico en la Eurocámara. Al morir era ciudadano de Alemania, Austria, Hungría y Croacia, y hablaba con fluidez alemán, inglés, francés, español, húngaro, croata y latín, lengua esta en la que hasta se permitía bromear. Pero es que, su alteza imperial y real era Europa encarnada, como reconocían los medios de comunicación alemanes, que le llamaban Otto de Europa. Descansad en paz, Señor.

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Amadeo-Martín Rey y Cabieses es doctor en Historia y experto en dinastías reales.

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