Valverde de la Vera revivirá el emocionante viacrucis de los «empalaos»

Valverde de la Vera revivirá el emocionante viacrucis de los «empalaos»

24 marzo, 2016
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Actualizado: 24 marzo, 2016 0:00
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Eduardo Palomo.

Valverde de la Vera (Cáceres), 24 mar.- La calles empedradas de Valverde de la Vera recobrarán durante la madrugada del Jueves al Viernes Santo el emocionante caminar del viacrucis de los «empalaos».

Se trata de una impresionante muestra de devoción y sacrificio que cada Semana Santa se convierte en la mayor expresión cultural de esta villa cacereña de apenas 600 vecinos.

«He visto pocas cosas en mi vida que recuerden tanto el paso de Jesús por la empinada Vía Dolorosa como un empalao de Valverde», ha afirmado Isabel Velasco, una vallisoletana que desde hace doce años es testigo directo del caminar lento y sacrificado de los empalaos.

Isabel, su marido y sus cuatro hijos volverán este Jueves Santo a la localidad verata «con el corazón encogido, porque ya solo con el sonido de las vilortas -cada una de las abrazaderas de hierro, dos por lo común, que sujetan al timón la cama del arado- a lo lejos, la emoción se hace presente», ha explicado a Efe.

Nunca se sabe a ciencia cierta cuántos empalaos realizan su penitencia cada año -normalmente entre 30 y 40- ya que todo es anónimo en este rito secular que permanece sin apenas cambios desde sus orígenes en el siglo XVI.

El viacrucis de los empalaos veratos está declarado Fiesta de Interés Turístico Nacional desde 1980, pese a no ser en sí un espectáculo, pues la soledad y el callado sacrificio del penitente no provoca aplausos sino silencio, conmoción y, en muchas ocasiones, incluso lágrimas.

«Para los vecinos de Valverde de la Vera es algo que las palabras no pueden explicar. Casi todos tenemos a alguien en nuestra familia o conocemos a alguna persona que ha sido empalao», ha asegurado a Efe Antonio Gudiel, un fotógrafo profesional nacido en Valverde y que cada Semana Santa, desde hace muchos años, inmortaliza la escena.

Sus instantáneas han recorrido medio mundo: «No hay duda de que son imágenes muy impactantes, ya que la analogía entre el empalao y Jesús camino al calvario es evidente. Si la gente se comporta y respeta el rito, el silencio que se produce ante el paso del penitente se te mete en los huesos», ha añadido Gudiel.

Los empalaos son siempre varones que, en las últimas horas del Jueves Santo, se recogen en la intimidad de su casa, donde sus familiares les empalan: se empieza con unas enaguas antiguas de mujer ceñidas a la cintura.

Posteriormente, se les cubre el torso desnudo con una soga de esparto que da vueltas alrededor del cuerpo hasta cubrir el pecho y espalda con diez vueltas en una operación sumamente delicada, pues si la cuerda queda muy floja, su roce convierte al cuerpo en una llaga por el movimiento de los músculos, y si se ciñe demasiado se corta la respiración.

Sobre los hombros se coloca un timón de madera del arado romano de dos metros de largo y doce centímetros de diámetro, sobre el que el empalao extiende en forma de cruz sus brazos y manos, que también son cubiertos con la soga.

Al final de cada extremo de la cruz, se colocan unas largas puntillas blancas y tres abrazaderas metálicas o vilortas, que al chocar entre sí provocan un sonido que aporta a la escena sensaciones de repique de difuntos, al tiempo que avisa del paso del penitente, cuyo rostro y cabeza permanecen cubiertos con un velo blanco para mantener el anonimato.

Al empalao le acompañan en su penitencia el cirineo que, cubierto con una capa antigua o una manta, le da luz con un farolillo y que, en caso de caídas, le ayuda a incorporarse.

Si en su camino se cruza con otro penitente o una mujer vestida de Nazareno, ambos detienen su lento caminar y se arrodillan uno frente a otro para rezar una oración. EFE

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