Beatrice y las verrrugas

Beatrice y las verrrugas

Rafael Jiménez
12 febrero, 2021
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Actualizado: 13 febrero, 2021 0:30
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Esta semana hemos vivido el día mujer y la niña en ciencia y aunque sé que es cogerlo por los pelos, me voy a permitir la licencia, aprovechando que las facultades se nominan de ciencas económicas, y voy a recordar a la gran Beatrice Webb, a la que no se le ha agradecido lo suficiente, en mi opinión, su concepto de Estado administrador y su preocupación por lo que, con el tiempo, devino en Estado del Bienestar.

Webb dio ejemplo trabajando en las peores condiciones, para saber qué y cómo vivían aquellos a los que defendía, fue tanto la madre de los avances sociales que nos permitieron ver lo que Dickens reflejaba en sus obras como un mal sueño ya pasado, como la impulsora de la educación en ciencias económicas, con la LSE, cuna de 17 premios Nobel.

Y me acuerdo de Webb porque, no nos engañemos, más allá de la pandemia, el sistema económico vive un declive que empezó hace más de medio siglo y no parece que vaya a mejorar, todo lo contrario. Hablamos de recuperación, pero, ¿qué significa? ¿que vamos a volver a lo que teníamos antes de 2020? ¿o quizá que recuperaremos los niveles anteriores a 2008? ¿puede que a los noventa? ¿o a la situación previa a la crisis del petróleo del 73?

El hecho, más allá de datos de PIB, de balances empresariales y de ingeniería contable, el hecho, digo, es que esto debería tener un propósito, el que los individuos, las familias, en definitiva, los seres humanos, vivamos cada vez mejor. Y no podemos seguir con la venda puesta, no es posible. Y menos con un mundo privilegiado de individuos cada vez más viejos, algunos cada vez más ricos, pero en el que crecen sin parar los pobres, aun con trabajo, y con el resto del mundo todavía peor.

El sistema optó por mirar antes al accionista que al trabajador, por primar bonus y cifras en los balances y olvidarse del individuo, y ese es un pecado que van a pagar nuestros hijos y nuestros nietos. El mismo debate sobre la condonación de la deuda soberana, así como la forma en la que los peones del statu quo económico salieron como hienas a hablar de ilegalidades e imposibles, no hace más que demostrarlo. Se intenta reflotar el barco echando dentro cubos de agua, dopando la economía, metiendo más dinero en el sistema, dinero, no nos engañemos, que se irá donde menos falta hace, agrandando brechas que son inadmisibles, ni lógicas, ni éticas.

Asistimos a un momento histórico de cambio, no sé hacia dónde irá el capitalismo, pero desde luego tendrá que olvidarse del beneficio infinito con recursos finitos, de los trabajos precarios, de los despidos masivos para ajustar el balance y que el CEO tenga su bonus para el yate, tendrá que tener un rostro social. Es el momento de olvidarnos de Friedman, de escuchar a Schumpeter y aquí vuelvo al principio, de mirarnos en el ejemplo de Webb y su preocupación por el individuo, aunque fuera en un proceso cunctator, porque a veces estos cambios requieren tiempo y progresividad, pero, sobre todo, no dejemos de cuestionar las verdades que nos imponen, las ortodoxias que llegan de Austria o de Illinois, no olvidemos lo realmente importante, ¿qué sociedad somos si nos importan más los apuntes contables que las vidas de las personas?

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