Aznar, ¿lo que dice o cómo lo dice?

Aznar, ¿lo que dice o cómo lo dice?

Las relaciones de los expresidentes del Gobierno con sus partidos fueron acertadamente comparadas por Felipe González a los jarrones chinos, “que nadie sabe dónde ponerlos”. Las relaciones de José María Aznar con el Partido Popular no parecen haber mejorado con la marcha de su sucesor, Mariano Rajoy, con el que fueron a peor con el paso del tiempo.

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Las herencias políticas no son fáciles de recibir, los nuevos líderes acaban por negarse a aceptar la existencia de la sombra de su antecesor. Nada nuevo bajo el sol pero ahora, ya sin Rajoy, las recientes palabras de Aznar sobre los desafíos futuros del PP tampoco parecen haber sido apreciadas por los candidatos a dirigir el primer partido de España en votos populares, según las últimas elecciones. Solo han merecido críticas por la inoportunidad y tono de las palabras, pero ninguna reflexión sobre la veracidad de lo que dice: el PP ha perdido la exclusividad en el centroderecha, es decir que el PP está en riesgo de perder su liderazgo ideológico. Muy grave si es verdad. Aznar lo puede saber bien porque él fue parte de los que unieron a todo el centroderecha en los años ochenta.

El PSOE está pasando por un periodo similar, con desafíos a su primacía por la izquierda, desde Podemos, y distintos separatismos regionales. Después de un periodo de desorientación, con cambio de líder desde Alfredo Pérez Rubalcaba a Pedro Sánchez, el PSOE se ha convertido en un partido instrumental para que la izquierda con los separatistas regionales llegue al poder. Incluso en el País Vasco gobierna en coalición con el PNV. Solo en Cataluña no ha sido el socialismo español capaz de entrar en las alianzas de poder, algo que puede cambiar en las actuales negociaciones.

Ya en febrero de 2016, después de las elecciones de diciembre 2015, Aznar aconsejó a la Junta Directiva Nacional (máximo órgano del PP) que cambiaran de líder

Mientras tanto el PP ha vivido en la creencia de ser el primer partido de España, y por tanto, de Gobierno. Ya en febrero de 2016, después de las elecciones de diciembre 2015, Aznar aconsejó a la Junta Directiva Nacional (máximo órgano del PP) que cambiaran de líder. Propuesta que fue desoída, incluso despreciada. Pareció que la leve mejora electoral en la repetición de los comicios de junio 2016 ratificaba la posición optimista de Mariano Rajoy: somos inevitables. Después vino el respaldo y la abstención más o menos forzados de Ciudadanos y el PSOE, respectivamente, para volver al Gobierno Rajoy en noviembre de 2016. Ahora sabemos que ese último golpe de fortuna convertía a Rajoy en un tapón más que en una solución.

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La crisis catalana del otoño de 2017, con la intervención del Rey más la aplicación del artículo 155 de la Constitución incluidos, supuso el final de Rajoy. Una rocambolesca moción de censura triunfadora ha hecho presidente a Pedro Sánchez. También desbloqueó al PP con la marcha de Rajoy. Pero el debate sucesorio aparece en términos de un partido de gobierno, incluso hegemónico en el centroderecha, lo que puede ser un grave error.

Las pruebas son bastante claras

Además de perder el poder por una hábil maniobra del socialismo, el PP sobre todo se enfrenta a un electorado profundamente descontento con su gestión política con mayoría absoluta, además de la gestión de los últimos tres años. Las pruebas son bastante claras. Después de haber superado la recesión, con la economía creciendo por encima del 3%, creando medio millón de empleos al año, tres millones de votantes abandonaron al PP, pese al hundimiento de su alternativa, el PSOE. La impresionante mejora de la situación económica con alta creación de empleo, que se ha mantenido desde 2016, fue incapaz de evitar un constante deterioro en las encuestas, a lo que el PP respondía con más de lo mismo. La gestión de la crisis catalana desde 2012 ha producido un fuerte aumento del independentismo, ha desembocado en un peligroso callejón sin salida constitucional, una vez que la aplicación del artículo 155 no ha tenido consecuencias duraderas. Amenazar con una segunda inmediata aplicación del 155 no parece muy meditado. La derrota de la batalla judicial con el PSOE sobre los temas de corrupción ha sido y es apabullante.

Desmovilización peligrosísima que podría indicar que el PP, como en su día la UCD, es ya solo un partido de cuadros no de bases

El descontento de los votantes tradicionales del PP se manifiesta en la menguada participación de los militantes en la elección del próximo líder del partido, una desmovilización peligrosísima que podría indicar que el PP, como en su día la UCD, es ya solo un partido de cuadros no de bases. La apuesta desde el Congreso de Valencia en 2008 por no querer ser ni un partido conservador ni liberal, la regresión de los derechos del contribuyente plasmada en la Ley General Tributaria de 2015, la manipulación de la información de ciudadanos concretos en manos del Estado ya sea tributaria o policial , la incapacidad de formular un discurso de valores (aborto, familia), la creciente apuesta por perfiles no políticos en el Gobierno, el no ejercicio de un liderazgo ideológico han acabado pasando factura.

El PP puede ya no ser el partido al que inevitablemente el centroderecha español tiene que votar, ese privilegio lo dilapidó Rajoy ampliamente. Convencer a la sociedad de que el PP es necesario, útil a unos ideales, más allá de gestionar el poder frente a una izquierda que se está intentando reinventar debería ser el eje central en la presentación de los candidatos a presidirlo. No se trata de pedir perdón por la gestión de Rajoy, con sus éxitos y fracasos, sino de no persistir de ninguna manera en un futuro con más de lo mismo. Si estos no son capaces, que vengan otros.

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