El mundo, según Trump

El mundo, según Trump

Ya en el segundo año de mandato como presidente de Estados Unidos, Donald Trump parece haber puesto todas las bolas en el aire, y son muchas. Tanto en política interior como exterior su deseo era cambiar todo, especialmente las banderas de su antecesor; Barack Obama.

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La ruptura con dos tratados internacionales –el TTP con 11 países del Pacífico y el Acuerdo de París sobre el cambio climático– lo hizo nada más llegar sin demasiados problemas inmediatos, aunque nadie entendió el favor que le hacía al salirse del TTP a China, que había sido excluida del acuerdo. Los otros países siguieron adelante, como lo ha hecho el resto del mundo con el acuerdo sobre el cambio climático al que se ha sumado hasta Siria.

Aquí afloro una de las primeras consecuencias de la nueva política norteamericana: genera gran desconfianza en un marco de fuerte dependencia entre EE UU y la Unión Europea por un lado, pero también con sus aliados asiáticos e incluso China. Estados Unidos podrá no conseguir sus objetivos, pero ha sembrado la desconfianza entre sus socios potenciales.

Los objetivos declarados de Donald Trump en temas comerciales eran, y son, la reducción del déficit comercial norteamericano, no tanto a través del aumento del ahorro o la disminución del crecimiento, sino por el incremento pactado de las exportaciones. El llamado “comercio dirigido” no por el mercado sino por acuerdos políticos no deja de ser una vuelta a un capitalismo dirigido por el Estado. La palanca para ello es la aplicación de sanciones a unos y otros. Aunque del dicho a lo hecho haya varios trechos. No está resultando tan sencillo plantear guerras comerciales con la UE, con China o con México y Canadá. Solución: hacer pactos y declarar victoria. Si las cifras de comercio real en el futuro se asemejan a los acuerdos de hoy ya se verá. Tampoco se puede negar que el resto de los interlocutores no desean entablar una guerra comercial con EE UU. Otra muestra de desconfianza mezclada con fuertes dependencias mutuas.

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Irán y Corea del Norte han sido los enemigos de declarados de varios presidentes estadounidenses. Ninguno consiguió una victoria sobre ambos regímenes. Barack Obama firmó un acuerdo con Irán, junto con otras potencias mundiales, para frenar la nuclearización militar en Oriente Próximo. Arabia Saudí e Israel siempre se opusieron a este acuerdo, siendo Irán su gran antagonista en la zona. Las sanciones económicas anunciadas ahora por Washington, que acompañan a la ruptura van a producir grandes daños a la economía iraní, pero también tensiones con los países europeos, e incluso una oportunidad para China y Rusia para controlar a Irán económicamente y al mismo tiempo dividir a los países occidentales. Angela Merkel y Emmanuel Macron, que visitaron en la misma semana Washington para intentar evitar la ruptura unilateral del acuerdo nuclear con Irán, han repetido el doblete con sendas entrevistas con Vladímir Putin estos días. Más desconfianza dentro de profundas dependencias.

Más déficit público al final del ciclo no es lo más aconsejable

Pero lo que seguramente pesa mucho en las razones de Trump en todos estos casos son razones de política doméstica, sobre todo conseguir que el crecimiento económico se acelere, pese a la madurez del ciclo ya el segundo más largo de la reciente historia. Alargar los ciclos es siempre difícil, además de costoso, con el riesgo de provocar un aterrizaje más duro de lo necesario. Aquí tampoco Trump ha sido cauteloso. Una reforma fiscal muy generosa, pero que puede llevar a EE UU a un déficit público del 5% del PIB, con el correspondiente aumento de nueva deuda pública. Más deuda es semejante a intereses más altos para poder atraer a los inversores, lo que además coincide con el final de la compra de bonos por parte de la Reserva Federal (FED). Más déficit público al final del ciclo no es lo más aconsejable, ya que se supone que en ese punto la economía está creciendo por encima de su potencial. Lo que es seguro es que los ciclos se acaban antes o después y que a mayor deuda los intereses se encarecen.

Un dólar barato era el deseo declarado del Gobierno de Trump

La política de dirigir el comercio parecía pretender más crecimiento vía exportaciones, pero una mayor demanda interna supondrá más importaciones en una economía en plena producción y con pleno empleo (3,9% de paro). Un dólar barato era el deseo declarado del Gobierno de Trump, pero las diferencias positivas de crecimiento económico, de intereses, han fortalecido la cotización del dólar lo que, a su vez, impulsa las importaciones. En este tema los mercados no d muestran todavía su desconfianza, pero se preguntan cuándo se acabará un longevo ciclo, para evitar ser el último en reaccionar. En el caso de los países emergentes ya se empieza a notar el cambio a peor (Argentina y Turquía). La subida del precio del petróleo, por razones de mayor demanda pero también de menor oferta (Venezuela, Irán). En cuanto a las dependencias mutuas también en este punto son innegables en un mundo globalizado.

Hay que reconocerle a Trump que los recelos sobre la idoneidad de los nombramientos en la FED eran infundados, ante la designación de personas con capacidad y prestigio como sus nuevos responsables. En reformas estructurales se acaba de conseguir un acuerdo de los dos partidos, algo bastante inusual, en reducir los controles a la banca, impuestos por Obama en la resaca de la crisis (la Dodd-Frank Act de 2010), demostrando una vez más la capacidad de lobby de Wall Street.

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La intención declarada es excluir a los bancos regionales de parte de la regulación impuesta en la crisis; pero también más competencia en la concesión de crédito, una medida que siempre alegra una economía. El otro acuerdo bipartidista fue un presupuesto expansivo (¡más madera!). Queda por ver si la desconfianza generada en otros países por las políticas de Donald Trump se compensa con mayor confianza doméstica. Lo que desde luego no se va a ver reducido son las mutuas dependencias. Ni el America First puede prosperar de forma aislada.

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