G7, G6+1, G6-1, G cero…

G7, G6+1, G6-1, G cero…

Desde la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos constituyó a su alrededor un grupo de países para defender valores e intereses comunes; como la libertad política y económica. Casi inmediatamente se crearon las instituciones de Bretton Woods, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial.

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Entre los países elegidos estaban los dos grandes derrotados de la guerra: Japón y Alemania. Occidente (the west) se enfrentaba entonces al desafío mundial del comunismo totalitario -el único tipo que ha existido- en guerras regionales por todo el mundo. Para los países no occidentales esta alianza no era otra cosa que una forma de neocolonialismo, el dominio europeo y norteamericano sobre los demás países.

En el año 1973, EEUU crea el G5, que pasó a ser el G7 con la incorporación de Italia y Canadá al grupo. En su seno se coordinaban las políticas económica y de seguridad de los países más ricos e industrializados del mundo. Con la desaparición de la Unión Soviética, se invitó en 1998 a Rusia a incorporarse al grupo, primero como Estado asociado y a partir de 2002 como miembro de pleno derecho, pues supuestamente caminaba hacia la democracia y la economía de mercado. Nacía así el G8, pero con la anexión de Crimea Rusia fue expulsada de las cumbres en 2014.

Después de la reciente reunión en Quebec cabe preguntarse si hemos asistido al final del G7. Es decir, si EEUU ha decidido que va a dejar de coordinarse con sus aliados, tratarlos igual que a los demás países, en materia económica y de seguridad. En cierto sentido llueve sobre mojado: primero el actual presidente estadounidense, Donald Trump, rompió nada más llegar a la Casa Blanca las negociaciones para el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP). Después retiró a su país del Acuerdo de París sobre el cambio climático, bajo el principio de que Estados Unidos no quiere limitar su independencia por lo que prefiere acuerdos bilaterales, sin ocultar que espera así obtener concesiones sustanciales de todo tipo de los demás países, sean estos aliados o no.

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Corea del Norte había anunciado este año que estaba en disposición de atacar territorio norteamericano con misiles intercontinentales de cabeza nuclear

El “ugly american” tan conocido en Iberoamérica o en Asia desde los años cincuenta hasta los noventa ha renacido, pero ahora para los europeos, canadienses, japoneses, australianos… En los mismos días en que tenía lugar la ruidosa reunión del G7 en Quebec, China acogía la reunión de la Organización para la Cooperación de Shanghái (OCS), nacida en 1996, con, entre otros países, Rusia, India, Paquistán, invitando como observador a Irán, que alcanzó notables acuerdos. Dos días después, el presidente Trump se reunía con el último dictador del comunismo histórico, Kim Jong-un, de Corea del Norte. Un reconocimiento que sólo China; su vecino y afín ideológico, le había concedido hasta ahora.

Corea del Norte había anunciado este año que estaba en disposición de atacar territorio norteamericano con misiles intercontinentales de cabeza nuclear. Kim mostró al final de la reunión con Trump su disposición a desnuclearizar la península de Corea, pero sin concreciones ni calendario. Mientras, Trump se ha comprometido a suspender los ejercicios militares conjuntos con Corea del Sur, país al que ya había obligado a firmar un nuevo acuerdo comercial más favorable para EEUU. Es sabido que China influye de manera determinante en su vecino norcoreano, pero también que no ve con buenos ojos la importante presencia norteamericana en su flanco sur. Alguien podría decir que a Kim Jong-un le ha ido mejor que a Justin Trudeau en sus relaciones con Trump. Desde luego lo parece.

Desde el fin de la presidencia de Bill Clinton, año 2000, los sucesivos gobiernos estadounidenses han buscado una creciente extraterritorialidad de sus decisiones, una inclinación a jugar menos el papel de gendarme mundial que desempeñaba Estados Unidos: las distintas guerras de Irak, la llamada primavera árabe, la crisis de Ucrania, las idas y venidas con el cambio climático. Pero, aun así, el concepto de Occidente seguía siendo central para George Bush hijo y para Barack Obama.

Trump, sin embargo, no quiere verse limitado por esas alianzas, aunque los mercados financieros no parezcan asustarse de todas estas tensiones: bien porque no crean que la sangre llegue al río, o alternativamente, porque los inversores apuesten por que Trump va a salir ganando algo habida cuenta de la superioridad norteamericana, que la hace ser un mercado imprescindible para los demás. Contradictoriamente, el Gobierno de Trump no ha puesto impedimentos al mayor préstamo dado por el FMI, 50.000 millones de dólares a Argentina, o a aumentar su capital en el Banco Mundial. No todo se ha perdido en el multilateralismo.

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“Llevar a las relaciones internacionales las presiones domésticas tampoco es nada nuevo”

El mayor problema, ya inevitable, es la pérdida de confianza entre gobernantes de los países más importantes del mundo. La total dependencia de las opiniones públicas domésticas en las posiciones geopolíticas de sus países, en cierto sentido un éxito democrático. Pero como ya se le ha recordado a Trump, todos los países tienen opiniones públicas. Llevar a las relaciones internacionales las presiones domésticas tampoco es nada nuevo, pero romper con todos tus aliados históricos al mismo tiempo es un ejercicio de riesgo muy notable. Hay que aceptar que el nacionalismo del America First está desarrollándose ante nuestros ojos, sin que parezca que el actual gobierno norteamericano considere cualitativamente distintas las relaciones con Canadá o Alemania respecto a las de China o Rusia.

Ian Bremer, del grupo Eurasia, lleva tiempo hablando del G cero, dando por sentado que ha terminado el liderazgo norteamericano entre los países democráticos y con economías de mercado, por abandono del protagonista. Al igual que las otras grandes potencias mundiales, la Unión Europea tiene los temas de la inversión en defensa y del peso de sus mercados financieros en lo más alto de su agenda del futuro inmediato, temas difíciles dada la actual posición alemana en ambos temas. Veremos si Berlín, después del último G7, traduce en hechos su declarada decepción con EEUU, su convencimiento de que la UE tiene que confiar sólo en sí misma. Por no decir nada de Reino Unido, en pleno proceso de separación de la UE, en el que confiaba en su histórica “relación privilegiada” con EEUU, como contrapeso a Europa. No hay mal que por bien no venga.

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