Horizontes europeos

Horizontes europeos

Rodrigo Rato
10 diciembre, 2020
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Actualizado: 11 diciembre, 2020 0:17
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No solo para la Unión Europea, pero desde luego para ella, 2020 supone un antes y un después. Sea cual sea el acuerdo final un país miembro, el Reino Unido, abandonará voluntariamente la UE. Además como respuesta a las consecuencias económicas de la COVID 19 se ha tomado la decisión de mutualizar gastos entre los países miembros, camino que también y de una manera menos llamativa sea introducido en los recientes acuerdos sobre el Mecanismo de Resolución Bancaria Europeo. Así la UE evoluciona hacia instrumentos fiscales comunes, abriendo la puerta a una deuda euro, base imprescindible de un verdadero mercado de capitales europeo, en consonancia con el tamaño de su economía y el papel internacional del euro.

Con todo y ello, la UE será entre las grandes economías la que menor respuesta fiscal haya puesto en marcha en la crisis de 2020, como desgraciadamente España es de los países miembros de los que menos haya hecho en términos fiscales frente a su reducción del PIB, la mayor de los países grandes del euro y, todavía peor, tiene un aumento de deuda de más de 20 puntos sobre PIB. Razonablemente los europeos nos sentimos orgullosos de haber reaccionado pronto y en la buena dirección, sobre todo en comparación a lo que hicimos en 2010-13. Pero en términos comparativos globales solo el Banco Central Europeo ha puesto en práctica políticas expansivas comparables a los de otros grandes bancos centrales. Dicho de otro modo, los tesoros nacionales llevan todavía la mayor parte de las estrategias de recuperación, lo que garantiza una salida de la crisis desigual entre países de la UE. Nadie se sorprenderá si serán los del Norte quienes tengan la verdadera capacidad de reflotarse eficientemente, lo que entre otras cosas augura una mayor división regional entre el Norte y el Sur.

España es de los países miembros de la UE de los que menos haya hecho en términos fiscales frente a su reducción del PIB, la mayor de los países grandes del euro y, todavía peor, tiene un aumento de deuda de más de 20 puntos sobre PIB

Al final de las crisis la tradicional división entre optimistas y pesimistas se hace más nítida. Los primeros apuestan por los efectos expansivos de la destrucción por un lado y de los estímulos por otro; sus contrarios sospechan que las pérdidas y la desconfianza lastrarán el futuro. Los optimistas creen que las vacunas nos traerán una recuperación generalizada en el mundo, sincronizada por primera vez desde 2017. Así, la continuación de estímulos fiscales impulsarán la demanda junto con unos bajísimos intereses y las compras de activos generosas de los bancos centrales. Estas dos potentes fuerzas arrastrarán la confianza de los ahorradores, cuando además la pandemia habrá acelerado la digitalización de muchos modelos de negocio, lo que nos traerá las mejoras en productividad que hace tiempo echábamos de menos. «No hay mal que por bien no venga», que dice nuestro refranero.

Tanto la UE, y aún más la zona euro, adolecen de un bajo crecimiento potencial, consecuencia de un modelo volcado a la exportación para canalizar su exceso de ahorro respecto a su inversión

¿Dónde estaría la UE en este escenario? Los impulsos monetarios del Banco Central Europeo solo rivalizan con los del Banco de Japón, aunque sus propios responsables, en las últimas actas publicadas, reconocen una eficacia decreciente, apuntando claramente a un papel futuro de financiación monetaria del gasto público. Estamos pues en que todo dependerá de la mayor o menor eficacia regulatoria. Tanto la UE, y aún más la zona euro, adolecen de un bajo crecimiento potencial, consecuencia de un modelo volcado a la exportación para canalizar su exceso de ahorro respecto a su inversión. Así serían muy dependientes del comercio internacional, menos afectado en esta crisis que en la de 2008, pero alejado de los crecimientos anuales del 7% de principios de este siglo. Es más no parece ni que China ni Estados Unidos vayan a jugar a fondo su tradicional papel de locomotoras de la demanda mundial. No debe en este contexto pasarse por alto la continua apreciación internacional del euro, pese a los intereses negativos de la deuda europea.

La persistencia de la deflación en la zona euro demuestra tanto los límites de la política monetaria como la necesidad de un modelo de crecimiento con más inversión interna, que aumente la productividad. Positivamente el plan de 750.000 millones de euros como reacción ante los efectos económicos y sociales de la COVID va en esa dirección. Sin embargo, el problema euro de falta de inversión no está ligado a la escasez de fondos, tenemos exceso de ahorro, como de demanda. Es la regulación, idiota, que diría Bill Clinton. Tema considerado tecnócrata, ajeno al debate político y social que sigue mirando obsesivamente al volumen de euros públicos en vez de la movilización de dinero privado.

La zona euro no aplica un capitalismo de Estado chino, tampoco uno oligopolístico que en cierto sentido ha dominado los mercados norteamericanos. Sin embargo, esos son los destinos del ahorro productivo mundial. Los importantes pasos que este año se han dado para mutualizar la financiación de la reacción frente al COVID son más importantes porque allanan el camino para un gran mercado financiero europeo, que por la solidaridad. Pero ese camino no ha sido ni mucho menos recorrido. Si no lo hacemos la zona euro crecerá menos que otras zonas y dentro de ella las divergencias aumentarán. Llevamos más de 10 años sin converger realmente, mala receta para una unión. A veces parece que solo miramos el dedo en vez de a la luna.

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