La bomba de la inmigración

La bomba de la inmigración

Parece que después de todo, las posiciones alemanas e italianas sobre inmigración pueden no estar tan distanciadas, tampoco las austriacas, húngaras, polacas, holandesas, suecas, finlandesas, británicas y, de vez en cuando, las francesas.

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Las fronteras comunes europeas no serán ya aplicables a la inmigración de fuera de la UE. Quizás con esta decisión tomada hace tres años no hubiera habido Brexit, aunque hay otros motivos en los partidarios británicos para separarse de la Unión Europea (UE). En todo caso, la más clara consecuencia de la crisis económica 2010-2014, unida a las guerras regionales en el sur del Mediterráneo, está siendo la inmigración, no la disparidad de rentas. Cuando hace ya cuatro años el economista francés Thomas Piketty planteó en su libro ‘El Capital del siglo XXI’ el debate de la desigualdad, muchos pensaron que ese sería el nuevo motor del debate político y social en Estados Unidos y en Europa. Pero es la inmigración la que divide opiniones públicas, derriba gobiernos, paraliza a la UE. Los motivos no son claramente económicos: países con tasas de paro del 3,9% (Alemania, EEUU, Holanda, UK) y bajas tasas de natalidad tienen fuertes movimientos antimigratorios. España, sin embargo, con tasas de desempleo récord, no los tiene. La OCDE acaba de afirmar que el efecto de la inmigración sobre la pérdida de empleo de los nacionales es mínimo.

Más bien parece que hay otros elementos: culturales, racistas, miedo al terrorismo, miedo en general a los extranjeros. Tampoco son solo las cuestiones económicas las que han generado los 68 millones de desplazados, el mayor número desde la II Guerra Mundial. Guerras, conflictos armados de todo orden están plateados desde Damasco en Siria hasta el delta de Nigeria, violencia civil tremenda en Centro América. Guerras de religión, de razas, geopolíticas, donde el Islam aparece mezclado con muchos otros temas, o el poder de las mafias relacionadas con el tráfico de drogas. El viejo “Choque de Civilizaciones” descrito por Samuel Huntington en 1996 se materializa sin parar, pero hay más.

Mientras el mundo registra el menor número de conflictos entre Estados de la Historia, las gentes huyen despavoridas de la violencia que destruye sus países. EE.UU. quiere construir un inmenso muro para aislarse de lo que sucede en su frontera sur, pero como los mexicanos han denunciado tantas veces, sin el consumo de drogas norteamericano, unido a la venta libre de armas de combate en sus tiendas, los carteles no tendrían tanta fuerza. “Pobre México tan lejos de Dios, tan cerca de Estados Unidos”, reza la vieja frase. Cuestión compleja, sobre todo de difícil asignación de responsabilidades, al fin y al cabo a los norteamericanos les gusta tener armas aunque esto produzca en su territorio tantos muertos por violencia al año como en Irak (últimas cifras oficiales de Naciones Unidas de 2012). Pero el tema de los Estados fallidos es común a los vecinos de Europa y de EE.UU. ¿Qué hacer desde países con más de 30.000 dólares per capita con vecinos con 3.000 o menos, sin servicios sociales, sin verdaderos Estados pero sobre todo con violencia?

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La UE lleva dos decenios de apertura al Este hasta contar con 28 miembros, cerca de la ingobernabilidad

La UE, influenciada por sus miembros del Norte, lleva dos decenios de apertura al Este hasta contar con 28 miembros, cerca de la ingobernabilidad. Pero los países del Este sí han conseguido ser países estructurados, abiertos, casi todos democráticos, en poco menos de 20 años. El mérito es desde luego de sus poblaciones, pero el resto de Europa y EEUU contribuyó generosamente con ayuda, financiación y apertura de fronteras. La creación en 1946 del Banco para la Reconstrucción y Fomento (IBRD) es una historia de éxito económico pero también institucional para estructurar sociedades y administraciones públicas modernas. La buena noticia es que hemos demostrado saber hacerlo, el desarrollo eficiente de sociedades atrasadas.

La mala noticia es que ahora falta, de momento, la voluntad política de acometer una tarea histórica con nuestros vecinos. Hay desde luego diferencias: los países del Este eran europeos, el comunismo les había dado educación, el sentido histórico de recuperar la libertad y la prosperidad para otros europeos era ampliamente compartido en la Europa Occidental e incluso en Estados Unidos. Ahora se trata de países en Oriente Medio, musulmanes, antiguas colonias de los europeos. El Islam se ha alejado de Europa en los últimos 20 años gracias a la influencia extremista de Irán y Arabia Saudí, sólo en esto unidos. Los países europeos del Este anhelaban tener sociedades occidentales. Los países del Norte de África no consideran a Europa un ejemplo social o moral, es sólo un conjunto de países ricos pero amorales a los ojos de un islamismo integrista. En pocos años casi todos los países de la UE han sufrido ataques sangrientos del terrorismo islamista, como también EE.UU., Rusia, Indonesia o Australia.

Hoy las cosas son más urgentes, pero más difíciles

Hace bastantes años que los países del sur de la UE han insistido infructuosamente en destinar fondos, condicionales en reformas, para el desarrollo del Norte de África, cuyas relaciones entre sí están ancladas en un pasado de desconfianza, con pocos intercambios institucionales o económicos. Hoy las cosas son más urgentes, pero más difíciles. El sonado fracaso de la “primavera árabe” ha sido la última prueba de la incapacidad europea de entender a sus vecinos, además de la de estos de gobernarse bien a sí mismos. De la experiencia norteamericana en Irak no vale la pena ni hablar.

La reciente propuesta de la UE de crear campamentos fuera de sus fronteras, donde diferenciar los refugiados de los inmigrantes ilegales, sigue los pasos de los acuerdos con Turquía de hace tres años. Por 3.000 millones de euros Turquía acoge tres millones de refugiados, preferentemente de Siria. Esta solución puede parecer mejor que la norteamericana de muros y cárceles con niños separados de sus padres, que ha producido tal escándalo hasta llevar a Donald Trump a anular esta práctica. Quizás algunos europeos dirán en el futuro lo mismo de los nuevos campamentos en Egipto o Albania. Pero como veremos en el próximo Consejo europeo ni en Alemania, ni en Italia ni en muchos otros hay voluntad de aceptar inmigrantes sólo porque estén ya en territorio de la UE. Los norteamericanos actuales no aceptan ninguna responsabilidad sobre lo que sucede en Centroamérica, ni siquiera en México. Tampoco parecen creer que necesiten unos países vecinos estables. Los europeos del Sur sabemos, puede que incluso sintamos, que lo que sucede en Egipto o Marruecos nos puede afectar. Los europeos del Norte deberían ya saber que los inmigrantes les llegan también a ellos. Hasta ahora la UE ha estado muy centrada en sí misma, es inevitable que dedique más esfuerzos y recursos a su entorno al sur del Mediterráneo. No va a ser ni fácil ni rápido, pero es lo adecuado para una UE que pretende ser un punto de referencia mundial.

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