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Las elecciones de todos

Las elecciones de todos

Rodrigo Rato
24 octubre, 2020
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Actualizado: 26 octubre, 2020 23:55
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Cada cuatro años una gran parte de los ciudadanos del mundo y desde luego de Europa se pregunta quien será el próximo Presidente de Estados Unidos, con un interés superior incluso a los gobernantes de sus propios países. No es de extrañar, la seguridad y la prosperidad generales pasan en gran parte por quien tenga esa responsabilidad. Todos los candidatos, elección tras elección, nos repiten que esa es la más importante de la historia, retórica común a quien se presenta para ser elegido para cualquier cosa.

Todos los Presidentes de EE.UU. que hemos conocido han supuesto cambios transcendentales no solo en su país, sino en otros muchos. Por lo tanto, no estamos tan equivocados al valorar el significado del resultado de las votaciones del próximo primer martes de noviembre.

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca sorprendió a muchos. La opinión desde luego en Europa era que sería Hillary Clinton la ganadora, una política conocida, incluso de una saga familiar, conocedora de personas y temas. Pese a ganar ampliamente el voto popular perdió las elecciones, al descuidar al votante blanco, con estudios intermedios, tradicional en sus valores y en su patriotismo, perdió un voto determinante en unos pocos Estados. Así Trump ganó en el colegio electoral, determinante único de la elección del Presidente en EE.UU.

Un multimillonario neoyorquino agresivo, con un estilo peculiar, Donald Trump, representaba una ruptura y así ha sido. La tradicional elite norteamericana que había dominado la política durante todo un siglo, tuvo que ceder el paso a alguien que a toda costa no estaba dispuesto a seguir los modos y las costumbres, tanto fuera como dentro del país. Desde el principio, Donald Trump demostró que los convencionalismos sobre estilo, actitudes y comportamiento no tenían valor para él. Por primera vez desde 1945 un Presidente norteamericano mantuvo a distancia a sus aliados tanto o más que a los adversarios e incluso a los enemigos.

Cuatro años más tarde muchas cosas han cambiado, pero muchas más han quedado igual. Los equilibrios y contrapesos de un país liberal democrático son mucho más resistentes que cualquier mandato, aunque la confrontación dentro y fuera se haya producido e incluso agudizado. Es más Trump, como ninguno de sus antecesores desde Teodoro Roosevelt (1901-07), ha perseguido la imagen de un líder sin límites autoimpuestos, no el menor su utilización de Twitter para plantar sus ideas directamente en tiempo real, por encima de equipos. Confrontación seguida de pragmatismo, sobre todo en política exterior, aplicada por igual a aliados y a adversarios e incluso enemigos, lo que ha resultado traumático especialmente para los primeros acostumbrados a una relación privilegiada y benévola con Washington. Esto ha sido claramente así, desde el principio, con la Unión Europea sobre todo con Alemania. Dos de los grandes pilares de la política exterior norteamericana desde 1945, la Unión Europea y dentro de ella Alemania, fueron puestos en cuestión por Donald Trump, aunque cuatro años más tarde ha resultado ser más el ruido que las nueces. Un cambio de Presidente traerá otras formas desde luego con Biden en el cargo. Pero la pregunta relevante es si este distanciamiento responde a personalidades o a nuevos intereses, a una nueva visión del mundo desde el votante norteamericano. Probablemente un nuevo cierto aislacionismo era ya una realidad con Bush II y Obama. Pero, por otro lado, el enfrentamiento con China vuelve a poner en valor el papel de los aliados. Trump o Biden tendrán que redefinir sus relaciones con la UE y con Alemania.

Trump es el primer Presidente que no ha iniciado guerras en el exterior desde 1930. El continuado fracaso militar estadounidense a partir de Corea en 1955 ha dejado una profunda secuela en la opinión pública. EE.UU. sigue teniendo intereses globales y presencia militar en más de 90 países, pero su confianza en cambiar las cosas por la fuerza no es la del año 2000. En cierto sentido, Trump ha conseguido lo que hubiera querido su antecesor, Barack Obama. No sería descabellado pensar que las cosas seguirán por ese camino, con Trump o con otro Presidente.

Trump dio desde el principio una gran importancia al comercio internacional, considerándolo un juego de suma cero, donde lo que uno gana otro lo pierde, despreciando la importancia de un sistema global de normas junto con un procedimiento de resolución de conflictos. Lo opuesto a las posiciones liberales que Norteamérica llevaba 70 años defendiendo, sobre todo el Partido Republicano. En este tema, los cambios con Biden serán limitados, con los sindicados proteccionistas aumentando su influencia. La repetición de Trump, sin embargo, no supondrá un empecinamiento en una estrategia que funcionó con Canadá y México, pero no con la UE ni con China. En todo caso Trump, por su propio impulso o siguiendo el de otros, ha coincidido con un generalizado retroceso de la globalización. Más protección de los empleos y de los sueldos domésticos a cambio de los precios que pagan los consumidores. No obstante, las tácticas concretas de Trump han resultado relativamente ineficaces, sobre todo los aranceles que no han cumplido sus objetivos sino al contrario, el déficit comercial con China ha aumentado. Con la Unión Europea los aranceles también han sido ineficaces además de costosos.

Sin duda, el enfrentamiento tecnológico con Pekín, en que ha evolucionado la inicial guerra comercial, ha marcado los primeros cuatro años de Donald Trump con profundas repercusiones geopolíticas. En este tema si ha conseguido un amplio respaldo, incluidos con los aliados japoneses y europeos, como lo indica los sucesivos vetos al 5G de Huawei. Nada será ya igual en las relaciones de Occidente con China, donde un elemento de desconfianza se ha instalado. Las consecuencias están por ver, pero pueden incluso llegar a una ruptura del mercado tecnológico en dos bloques. Tampoco se puede creer que la integración de China en la economía mundial no vaya a seguir, siendo ya el primer socio comercial de la mayoría de los países en el mundo, además la reciente apertura de su sector financiero es un bocado demasiado apetitoso para que los grandes bancos norteamericanos lo rechacen sea quien sea el próximo Presidente. Enfrentamiento pues, pero con altos grados de interrelación económica y financiera, muy distinta de los dos bloques separados de la Guerra Fría.

Donald Trump ha completado la retirada de tropas en Oriente Medio, que los demócratas no variarán. Sin embargo, las relaciones con Irán si pueden suponer un gran cambio, dependiendo quién sea el Presidente. Pero, además, Trump ha establecido una alianza entre países sunitas e Israel que si supone un nuevo elemento sustancial en la zona. Alianza claramente anti Irán, siita, marginando a los palestinos y dejando a la UE fuera de juego. Los demócratas intentarán reconstruir las relaciones con Irán, si es que es posible, pero no romperán la nueva relación judía- suni, uno de los grandes cambios de la geopolítica que ha protagonizado Donald Trump.

En Asía además de China, Trump ha dado la vuelta total en las relaciones con Corea del Norte, volviendo al inicial enfrentamiento. Su intención de ir en solitario en la zona han resultado en un cierto fracaso, como también ha sucedido con las tortuosas relaciones con Putin, boicoteadas por todo su entono, que no han llegado a nada. Temas muy importantes en la próxima presidencia que están por definir, gane quien gane.

En política doméstica, el objetivo republicano de revocar la reforma sanitaria de Obama ha fracasado, aún más después de la pandemia. En política económica, los dos partidos han coincido en los masivos estímulos para compensar la crisis y seguirán en el futuro, como lo hará la política de dólar débil, un gran variación de la posición norteamericana desde Bill Clinton. La gran diferencia será en los impuestos. Con un déficit de 3 billones en 2020, impuestos sobre altas rentas y patrimonio, grandes empresas, junto con regulaciones medioambientales dependerán del resultado del próximo noviembre. Otras cuestiones como legislación respecto a la violencia policial, el control de armas, el tamaño del Tribunal Supremo, serán extraordinariamente divisivas dependiendo de no sólo de quien sea Presidente sino del control de las Cámaras. En cuestiones medioambientales el cambio será profundo si hay un nuevo Presidente, con el previsible retorno al Tratado sobre el Clima con Biden. Menos claro es cuál será el planteamiento de un Trump II en este tema donde hasta China acepta responsabilidades globales y EE.UU. sufre tanto o más que otros las consecuencias del calentamiento global.

Una cuestión no menor para el próximo Presidente será el tratamiento de la inmensa fortuna y poder de las tecnológicas, donde el Gobierno Trump no ha acabado de mantener una posición, siendo este un tema no solo interno. La OCDE quiere acordar un nuevo sistema impositivo para las multinacionales, que afectará sobre todo al comercio de datos. Hay que tener en cuenta que los Demócratas mantienen una profunda relación con Silicon Valley. Por si fuera poco, dentro y fuera de Norteamérica, el poder monopolístico de esas grandes compañías preocupa cada vez más. Asunto en el que China juega ya un rol significativo y donde las cuestiones económicas se entremezclan con la seguridad nacional. La campaña electoral ha evitado el asunto, pero no por ello dejará de ser primordial, afectando a las relaciones con China pero también con la UE.

Mirando hacia el futuro ya hay otra otra elección que nos afecta y cada vez más. El Secretario General del Partido Comunista Chino también es elegido periódicamente, esta vez cada cinco años, pero por un procedimiento interno del que poco sabemos. Nuestra opinión influye aún menos que en el caso norteamericano. En el futuro sin embargo le iremos prestando más atención por la cuenta que nos va a traer.

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