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Todos mal salvo China

Rodrigo Rato

El Presidente Donald Trump ha intentado con éxito relativo culpar a China de la COVID 19, por falta de diligencia pero también por una intencionalidad maléfica. Otros países, como Noruega o Australia han pedido que dé explicaciones. Según nos acercamos al final de 2020, primer año de la pandemia, vemos como todos los países de la OCDE sufren una segunda ola, la gran amenaza para las recuperaciones económicas y el empleo. Pero no China, que evitará crecimientos negativos sin sufrir una segunda recaída sanitaria, el único país del G20, con un comportamiento mucho mejor que todos los países desarrollados.

Lo más creíble del gigante asiático no son desde luego los datos, ni económicos ni sanitarios, pero dado su inmenso tamaño sabemos que les va mejor que a la mayoría. Muchos pensarán que es la demostración que el “sistema chino” es lo que funciona. Desde luego los dirigentes del Partido Comunista Chino, que cumplirá su centenario el próximo verano, reivindican que han sido capaces de acabar con el siglo de ignominia, que comenzó a mediados del XIX.

Para ellos, y sin duda para la inmensa mayoría de su población, todo esto supone la vuelta al papel central que China ostentó a lo largo de su historia. En todo caso una muestra de inmensa determinación y esfuerzo.

Desde los 80, China empezó una increíble evolución económica, con un crecimiento promedio durante 20 años del 10%, convirtiéndose en la locomotora del crecimiento mundial

Pero no han sido todos los años desde 1921 un éxito, tampoco desde 1949 cuando Mao llegó al poder en China. Bien al contrario, las mayores mortandades del mundo se produjeron bajo su mandato, algunas de hambre masiva. Fue a su muerte, con la llegada al poder de Deng Xiaoping purgado por Mao, cuando las cosas cambiaron a mejor. Así desde principios de los 1980, China empezó una increíble evolución económica, con un crecimiento promedio durante 20 años del 10%, convirtiéndose en la locomotora del crecimiento mundial.

La colaboración con los países occidentales fue en aumento hasta que en 2003 se le permitió entrar en la Organización Mundial de Comercio, pese a no ser una economía de mercado, abriéndole la puerta definitiva a su integración económica internacional. China era ya miembro del Consejo de Seguridad desde 1945.

Integrar a China en la estructura económica occidental sería el camino de llevarla a una paulatina normalización política. Al fin y al cabo el capitalismo haría insostenible un régimen totalitario, sus ciudadanos una vez prósperos exigirían ser libres. Esa era la teoría. En 2013 llegó al poder el actual líder Xi Jinping. En 2016 los principales países occidentales permitieron a la moneda china, el remimbi, formar parte de la cesta de monedas con las que el Fondo Monetario Internacional configura sus Derechos Especiales de Giro. A partir de ahí el remimbi era reconocido como una moneda mundial, pese a no ser convertible y a la naturaleza totalitaria de su sistema político.

La prosperidad china no ha traído la democracia, antes al contrario, dentro y fuera de sus fronteras sus políticas se han vuelto cada vez más agresivas con las minorías o con los países que se oponen a sus estrategias

China ha dado claras muestras de estabilidad en la crisis asiática de 1998 y la financiera de 2008, en ambas contribuyendo a la recuperación mundial. Era además el principal socio comercial de 130 países, la mayoría, y desde luego de las principales economías desarrolladas. Lanzaba entonces dos ambiciosas iniciativas internacionales: el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras y la nueva Ruta de la Seda. Pero la prosperidad no había traído la democracia, antes al contrario, dentro y fuera de sus fronteras sus políticas se han vuelto cada vez más agresivas con las minorías o con los países que se oponen a sus estrategias. Estados Unidos ya en los últimos años de Obama mantenía una posición de recelo e incluso de contención, consiguiendo aislar a China de la Alianza Comercial del Pacifico. La llegada de Trump aceleró el proceso, pasando de las tensiones comerciales a la confrontación tecnológica.

La montaña de deuda será una pesadísima herencia para todos los países, salvo para China que no ha necesitado hacerlo y además tendrá crecimiento positivo en 2020, el único país junto con Vietnam

2020 es un año que pasará a la Historia por muchos motivos: las alianzas de Israel con los países suníes; la emisión de bonos europeos para financiar la recuperación post COVID; la vuelta de la izquierda a partes de Sudamérica; el cambio en la Presidencia norteamericana; la firma por 15 países asiáticos del mayor acuerdo comercial de la Historia. Pero sobre todo por la primera pandemia mundial en más de 100 años, que ha producido cientos de miles de muertos y 15 billones de deuda financiada por Bancos Centrales. Esta montaña de deuda será una pesadísima herencia, salvo para China que no ha necesitado hacerlo y además tendrá crecimiento positivo en 2020, el único país junto con Vietnam.

Tampoco ha recurrido el Banco Central del Pueblo de China a tipos de intereses cero o negativos, lo que atrae inversores como moscas a la miel hacia el reminbi, una moneda no convertible de un Estado totalitario. Ya, sin ninguna duda, China no es solo una potencia comercial y económica, sino que representa un modelo político alternativo al occidental liberal, algo que no sucedía desde 1989, con la caída del Muro.

China es una gran economía, la primera del Mundo a precios paritarios, pero su renta per cápita no supera los 10.000 euros, con más de 500 millones de personas en el campo con muy deficientes derechos sociales

No hay falta de riesgos. China tiene tensiones fronterizas crecientes con todos sus vecinos, salvo Corea del Norte. Es una gran economía, la primera del Mundo a precios paritarios, pero su renta per cápita no supera los 10.000 euros, con más de 500 millones de personas en el campo con muy deficientes derechos sociales. Su modelo de crecimiento ha dejado de depender solo de las exportaciones pero mantiene tasas excesivas de inversión, que auguran altos niveles de despilfarro. Una gran parte de su crecimiento ha sido financiado con deuda privada, que amenaza la solvencia de su sistema financiero, lo que antes o después absorberá una gran parte de los 3 billones de dólares de sus reservas.

Los occidentales nos habíamos convencido que los regímenes totalitarios fracasan porque no son capaces de corregir sus errores y cambiar. El fracaso de la Unión Soviética reforzó esta creencia. El éxito de China, más los fracasos norteamericanos en Irak y en la crisis financiera de 2008, suponen el más serio desafío al modelo democrático. 2020 lo ha puesto claramente encima de la mesa.