Comunismo, cien años después

Comunismo, cien años después

Hace ya un siglo, en Octubre de 1917, comenzó el acontecimiento más dramático de la historia mundial, la instauración del Marxismo-Leninismo en Rusia.

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Visto a través de la bruma de la distancia en el tiempo, emerge hoy como un cataclismo en la historia del mundo, que clama por una nueva y más profunda comprensión de lo que ha pasado. Esto lleva necesariamente a conocer mejor los entresijos del alma humana, porque es allí donde realmente se han librado todas las batallas, todas las derrotas y todas las victorias, sobre el trasfondo del tiempo y de la eternidad, como el anverso y reverso de un tapiz.

Aquí no vamos a recordar fechas ni acontecimientos concretos, que son bien conocidos, para situarnos en un nivel antropológico-filosófico, buscando las causas más profundas en el alma de los que lideraron la gran liquidación de más de 100 millones de vidas en los mataderos de Rusia, China, Laos, Camboya y Cuba.

Las raíces europeas del drama

Poco se sabe que el Marxismo fue inoculado al pueblo ruso desde Europa, como una enfermedad virulenta, mediante Lenin, quien durante sus estancias en Europa había adoptado la ideología de Karl Marx como su gran arma de combate. Un grupo de judíos masones en cooperación con representantes del Gobierno Alemán, negociaron y financiaron su retorno a Rusia desde Suiza, en un vagón sellado que pasó varias fronteras sin ser sometido a control alguno. Antes hubo intentos de provocar la revolución marxista en Inglaterra y Alemania, pero sin éxito. En 1917 el gobierno germano tenía interés en desestabilizar internamente a Rusia, con la que estaba en guerra.

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Tanto la revolución francesa como la rusa de 1917 y el Nacismo pretendieron forzar la creación de un hombre nuevo y distinto, a base de procesos violentos, bajo el pretexto de ser necesarios absolutamente para lograr ese fin. El instrumental ideológico que mejor servía para ese fin eran los estudios revolucionarios de Lenin en amalgama con Karl Marx y su obra ´Das Kapital´, escrita en alemán. Por su parte, el Nacismo fue formulado en `Mein Kampf´por Adolf Hitler.

Presupuestos filosóficos del marxismo

A su vez, el marxismo y el Nacismo tienen sus raíces en el idealismo alemán del siglo XIX, que se nutre del racionalismo subjetivista iniciado por Descartes, quien en base a su duda metódica cuestiona por primera vez en la historia de la Filosofía la fiabilidad de la existencia del mundo y de las cosas que nos rodean. Este método abrió un derrotero nefasto, por el que entraron muchos filósofos y pensadores como como Locke, Hume, Berkeley, Kant, Fichte, Schelling y Hegel. Este última suministra las bases de pensamiento a Engels y Feuerbach, que a su vez son el punto de partida del Marxismo.

Este equipo compuesto principalmente por ingleses, franceses y alemanes, han logrado en la reflexión filosófica el giro copernicano consistente en la primacía del yo pensante sobre las cosas, en el sentido de ser el pensamiento lo absolutamente primero, a partir del cual, en un segundo momento, las cosas son tal y como lo decide soberanamente el yo. Y en esta nefasta dinámica no tiene ya lugar Dios ni los principios sobre los cuales se edificó el mundo occidental judeo-cristiano. Se abandona por tanto la normatividad de la realidad extramental, que impone al hombre su ley, abriendo así el racionalismo subjetivista un inmenso campo de falsa libertad materialista, desde donde se ha echado a Dios como un intruso.

Esta equivocación de consecuencias apocalípticas fue horadando el orden establecido a nivel personal, social y estatal, en todo el Occidente, mucho antes de la instauración del Marxismo en Rusia, que es sólo una de sus muchas consecuencias. La primacía del yo está hoy por hoy muy metida en todo el tan próspero mundo occidental, con la tendencia materialista negadora de Dios y de su Ley, y por tanto, también negadora hasta del ser y de la verdad misma de las cosas. Una pequeña muestra, hoy, es la redefinición de la verdad, como algo puramente relativo y dependiente de las circunstancias. En este sentido está surgiendo una nueva tiranía que sanciona duramente muchas libertades legítimas del hombre, como la comprensión correcta de la ética, de la conciencia, de los Derechos Humanos, del matrimonio, del sexo etc.

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Los que tenemos el ´privilegio´ de estar viviendo las últimas dos generaciones en el mundo occidental, hemos podido comprobar el cambio de

actitudes y comportamientos en una dirección que busca derribar barreras morales e instaurar una noción de libertad falsa, que puede observarse, por ejemplo, en el cine y en la moda, por indicar sólo dos ´sondas´ que indican lo que está pasando. La familia ya no es el lugar fiable, donde nacía y se educaba nueva vida humana etc.

En realidad, la opción de la primacía del yo sobre Dios y las cosas es la tentación más fuerte en la vida de todo hombre, quien al autocontemplarse ve su alta dignidad, dotada de razón y voluntad libre, y puede así enamorarse de sí mismo, en un arranque de soberbia, la misma de en el momento de la gran prueba hundió a Lucifer en la tenebrosa profundidad del infierno eterno. Es como la caída en un segundo pecado original, que deja al hombre sin otra esperanza que la que pueda darse él a sí mismo, en una soledad que lleva a beber placeres hasta en las charcas sucias en el camino de una vida, que es sólo prestada para un tiempo muy limitado. Goethe, el más grande poeta alemán, dedica sus más bellas estrofas en el poema ´Prometeus´, que es una exaltación soberbia del hombre, como el único protagonista de sus logros y méritos.

La fenomenología del marxismo

La borrachera del desenfreno de la libertad es un triste rasgo de nuestra cultura –o más bien subcultura- occidental, que está emparentaba en línea directa de primer grado con el marxismo comunista, si bien sus manifestaciones son distintas debida a condicionamiento sociales culturales bien distintos. Esta cuestión no cabe abordarla aquí como se merece, por lo que basta decir que ambas manifestaciones de la primacía del yo llevan igualmente a vidas vacías, a desastres personales e institucionales en todos los niveles, porque como dijo Dostojewski, ´si Dios no existe, todo está permitido´: todo tipo de crímenes, desenfrenos sexuales, el aborto y el tráfico de fetos, la mala intención, la elección del propio sexo, el bestialismo, la sodomía, el suicidio, las drogas etc. etc. Y quizás lo peor de todo es la renuncia a utilizar la propia razón, que siempre pierde en contra de los sentimientos, que llevan derechamente a estragos y desastres.

En cambio en el vasto campo de las ciencias y de la tecnología, la primacía del yo resulta ridícula y absurda, porque aquí la Ley Natural se impone absolutamente con toda su fuerza exigiendo un seguimiento incondicionado, so pena del fracaso total de cualquier intento de progreso científico, que se basa siempre en la verdad de las cosas. Algunos pensadores sostienen que esto está llamado a redimir al hombre, a sacarlo de la trampa materialista, en la que cae la primacía del yo.

El triunfo constante de la razón y del sentido común

La consideración algo académica del marxismo y sus frutos tan amargos no nos debe, sin embargo, hacer olvidar la realidad tangible del triunfo constante de la razón, del bien y de la verdad en el día a día de la mayoría de los hombres. Es bien sabido que el mal siempre hace mucho ruido, escandaliza y atrae fuertemente la atención, precisamente porque la mayoría de la gente corriente espera de los demás lo bueno –tanto de las instituciones oficiales del Estado y de las personas-, el cumplimiento del deber de cada instante, lo natural y lo verdadero. En todos los países, las Leyes persiguen el crimen, la mentira el robo y la violencia injusta.

En todo el curso de la historia, el mal ha sido inicialmente el despotismo tiránico de gobernantes, los antagonismos político-religiosos, el afán de sojuzgar a otros pueblos. Pero el giro copernicano iniciado por Descartes, que pronto evolucionó en el racionalismo idealista a la primacía absoluta del yo, introduce en los procesos políticos y bélicos el dogma ingenuo y malo a la vez, de que el Estado o un partido político tiene el derecho absoluto de imponer el marxismo por la fuerza. Este principio ya lo vemos actuando en la Revolución Francesa, siempre desde una minoría con complejo mesiánico, propugnando siempre una opción revolucionaria violenta. El comunismo se cobró hasta ahora unas 150 millones de vidas humanas en todo el mundo y todavía subsiste en formas exteriores diversas en Corea del Norte, en China y en Cuba.

El comunismo ha dejado en el mundo Occidental el triste rastro de una actitud crítica enfermiza contra todo lo que antes era verdadero, noble y santo. Con el fuerte apoyo de vértices de poder desde los medios de información, desde los grandes centros financieros, de la la Unión Europa, se pretende ensenar a pensar a los ciudadanos, para que luego actúen tal como esas cúpulas de poder lo quieren. Si bien el marxismo está en buena medida superado, como sistema político, pervive como una especie de nebulosa de pensamiento indefinible, de signo crítico y ateo que malea a las masas mediante los patrones de conducta que propone el cine, los medios, la moda. Se trata de una ideología fáctica difícil de contrarrestar a nivel científico, porque no tiene un sistema de pensamiento lógico, a diferencia del marxismo de Marx que manifiesta abiertamente sus presupuestos equivocados.

El final de la crisis marxista

Lo que la mala filosofía subjetivista ignoraba es que el hombre es un ser espiritual que por tanto aspira profundamente a una felicidad muy superior a la que pueda dar la materia. Y esto está inscrito en su naturaleza misma, como también su convencimiento de que existe Dios y su Ley. Esto explica que en realidad el Marxismo ha fracaso siempre, incluso al comienzo en Rusia, porque siempre tuvo que ser impuesto por la fuerza bruta.

Tampoco gusta hoy a la mayoría el materialismo, también impuesto por sus centros de poder de tal manera, que terminan lavando el cerebro sobre todo en los países más ricos, mediante la facticidad de los patrones de conducta en el cine, en el arte (música, literatura), en las modas, en modos de valorar y pensar (ejemplo: ´lo políticamente correcto´ ).

Los que sufrimos esta acción disolvente y negadora de la dimensión espiritual del hombre somos la mayoría silenciosa que clama por su propio liderazgo. En este sentido están apareciendo autoridades de todo tipo, de forma institucional o personal, que condenan ser vasallos del materialismo. Esta lucha irá creciendo cada vez más y ahora tiene que afrontar el desafío de imponer sus derechos en el plano político. Asumir esta responsabilidad es absolutamente necesario para purificar la atmósfera cultural sobre todo en los países líderes.

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