¿Es el Capitalismo tan malo?

¿Es el Capitalismo tan malo?

En el pensamiento de Occidente han aparecido, con más o menos fuerza, según las circunstancias y los tiempos, una serie de prejuicios negativos en torno al Capitalismo, a excepción de USA: la deificación del dinero, sistema antisocial, disparidad de ingresos entre las clases sociales, explotación del pobre, individualismo, materialismo etc. En cambio el Socialismo gozaba de amplia simpatía, al menos hasta la caída del comunismo, cuando salió a la luz su total fracaso y equivocación en la práctica. Y el triunfo de la economía abierta, que suele acompañar al Capitalismo, ha puesto demostrado cómo resolver la pobreza, en los últimos treinta anos, tanto en el Asia como también en algunas zonas del continente americano.

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Concretamente, según el Banco Mundial, las personas que tenían que vivir en Asia con un ingreso de menos de 1.90 dólares, se ha reducido desde 1990 de 1.85 mil millones a 776 millones de personas, gracias a que sobre todo la China y la India han introducido la Economía de mercado. En todo este tiempo, la ayuda al desarrollo no tuvo ninguna importancia porque se ha demostrado hasta contraproductiva, llegando a crear incluso mayores diferencias sociales al facilitar la corrupción. Lo importante es crear las condiciones para el funcionamiento de la Economía libre, que es la mejor generadora de puestos de trabajo y de oportunidades para todos, también para los pobres. Esto requiere un Estado de Derecho que asegure la propiedad privada, la división de poderes en el Estado, Leyes justas y un sistema educativo al alcance de todos.

Además, la concepción cristiana del hombre como único ser racional y libre, exige que aquella actividad que desarrolla para asegurarse una digna subsistencia, sea libre y responsable, en base a la Ley Natural que rige todas las cosas, sin que nada ni nadie le pueda forzar a no manifestar su ingenio y creatividad para alcanzar siempre una mayor productividad en su trabajo. Los sistemas dirigistas de la Economía planificada, como ha sido el caso en la Rusia comunista hasta 1989, han demostrado su total fracaso porque consideran al hombre sólo como un sujeto productivo al que hay que meterlo, para ello, bajo un yugo, como si fuese un caballo o un buey uncido a su carro. Esta es una de las tantas consecuencias del materialismo marxista.

El Papa Juan Pablo II ha sido testigo, durante la mayor parte de su vida, cómo se concretaba la barbarie del comunismo en la actividad económica en Polonia. Así, en 1991 publicó la Encíclica ‘Centesimus annus’, en la que consuma un giro copernicano en la doctrina económica cristiana, reconociendo abiertamente la legitimidad moral de la Economía de Mercado. Desde entonces ya no se habla de una tercera vía posible entre el socialismo y el comunismo.

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La tentación del socialismo

Sin embargo siguen habiendo rebrotes del pensamiento socialista por una serie de motivos:

En primer lugar no se acaba de conocer y entender a fondo al hombre, y por ende tampoco el potencial de su libertad en el terreno económico, y también porque la tecnificación y racionalización de la Economía es materia difícil. Se trata de un mundo cada vez más impenetrable, para la mayoría, donde realidades tales como competencia, mercado, operaciones bursátiles a la baja, opciones, primas etc. terminan dando la impresión de que la Economía es una caja de pandora, ante el cual surge la sospecha de que una minoría se aprovecha de la ignorancia o de la falta de medios de la mayoría. Y al final aparece el monstruo hecho de prejuicios y sentimientos de rechazo. Personas cristianas pueden incluso pretender justificarlo aduciendo la parábola evangélica de que antes un camello pasaría por el ojo de una aguja que un rico pudiese entrar en el reino de los cielos. O que no se puede servir al mismo tiempo a Dios y a las riquezas. Esta postura simplista pasa por alto que en los Evangelios se habla de apegamiento, sojuzgamiento interior bajo los bienes económicos que en sí mismos no pueden ser malos, ya que en muchos otros sitios Jesucristo declara su bondad intrínseca.

En segundo lugar, el socialismo promete una seguridad a base de redistribuir bienes, olvidando que primero hay que generarlos. Cuando se dice que es mejor dar que recibir, siempre se supone que se tiene algo previo para dar. Y esto tantas veces, en el Estado, no se tiene, porque ya se ha gastado antes y al mismo tiempo se ha sofocado la Economía libre con normas que han demonizado el beneficio económico del empresario, no queriendo ver en él la justa remuneración para los que juntaron su dinero para crear la empresa, asumiendo enormes riesgos que nunca se repercuten en el empleado, excepto en caso de liquidación de la empresa misma.

La competencia

La libre competencia es un presupuesto esencial en la Economía capitalista abierta, gracias a la cual se ha motivado siempre fuertemente la innovación tecnológica y, por tanto, el aumento de la productividad, que históricamente se manifiesta como un círculo virtuoso, como una vorágine positiva que ha lanzado a la sociedad humana a niveles de bienestar que nunca se han podido sonar hace sólo 150 anos. Uno de estos grandes sonadores ha sido Julio Verne, y luego la imaginación se ha lanzado a la ciencia ficción, hasta el punto de que mucho de lo que era fantasía, se ha logrado hacer realidad.

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Ya en el siglo XIII, San Alberto Magno escribió que ‘la competencia es un elemento básico de la Economía de mercado, también desde el punto de vista moral, porque premia al más inteligente y al más trabajador y porque sus logros redundan en el bien de la sociedad’. Y agrega que el precio justo de los bienes económicos es el que estima el mercado en el momento de su compra o venta. Muchísimos ejemplos ilustran este principio: unos pocos descubrieron la corriente eléctrica y su aprovechamiento tecnológico, que hoy favorecen a miles y miles de millones de personas, como es el caso del teléfono móvil.

El derecho de propiedad

Este es otro elemento esencial en la Economía no socialista, porque si el más trabajador y el más capaz no tuviesen garantizados sus derechos de disposición exclusiva sobre el fruto de sus esfuerzos, no habría ni aliciente ni motivos para crear bienes económicos. Y esto no se refiere sólo al inventor o al descubridor, sino también al comerciante que compra un producto o derecho para luego venderlo más caro en otra circunstancia del mercado (en otro sitio, bajo otras condiciones, en otro tiempo, junto con otras cosas que se revaloran al estar combinadas etc.). En este proceso, además, el comerciante asume el riesgo de que no obtenga el margen mínimo de ganancia necesario para pagar sus gastos (interés bancario, costo de transporte, alquiler de un local etc.).

El mandamiento del Decálogo de no robar presupone la legitimidad moral del derecho de propiedad. Mucho antes de Adam Smith, San Agustín y Santo Tomás de Aquino, como también los escolásticos de la escuela de Salamanca, han bendecido tanto al derecho de propiedad como el beneficio económico proveniente de la actividad empresarial. Sin embargo, tantas veces se ha sometido a sospecha de injusticia precisamente esta ganancia, sobre todo cuando se considera que los salarios pagados a los trabajadores deberían ser mayores. En esta crítica se tiende a olvidar que los empleados han asumido libremente su trabajo, que la empresa no les repercute sus riesgos (el riesgo de la venta de la producción, el riesgo del endeudamiento, el costo de desarrollo de sus productos para asegurar su demanda, el riesgo del capital empresarial que responde por las deudas, los impuestos del 49% en la OECD etc.).

En este sentido, la historia del quehacer económico está llena de quiebras y bancarrotas que han dejado tantas veces a los propietarios de la empresa en la pobreza. Ante las exigencias de más sueldo, la gente tiende a no ver el trasfondo de toda empresa, incluso en aquellas que valen cientos de miles millones de dólares, como Apple, Google y Facebook, cotizadas en bolsa. Sin bien es verdad que a estos niveles, la empresa tiene características muy especiales, así y todo son emprendimientos que han comenzado con el ingenio de un Steve Job o de un Zuckerberg, que han comenzando remangándose la camisa en un garaje, y luego miles y millones han creído en ellos dándoles dinero para llegar a ser lo que son hoy.

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