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La rentabilidad se ve, los riesgos no

La rentabilidad se ve, los riesgos no

01 diciembre, 2016
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Actualizado: 01 diciembre, 2016 18:22
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Fijarse en la rentabilidad de las inversiones sin analizar el nivel de riesgo asumido para alcanzar dicha rentabilidad es un grave error enormemente extendido. Abundan los premios a la mayor rentabilidad de productos como los fondos de inversión, teniendo como criterio sólo la rentabilidad alcanzada, sin relacionar la misma con los riesgos incurridos.
Al final de cada año son numerosos los análisis comparativos de la rentabilidad proporcionada por distintos productos financieros: depósitos, fondos de inversión, renta fija, entre otros. Lamentablemente la práctica totalidad de estos análisis comparativos se fijan “sólo” en la rentabilidad, y no en el riesgo asumido para lograr dicha rentabilidad. Los propios inversores que tienen distribuido su patrimonio en varios productos o varias entidades se interesan únicamente por el retorno obtenido durante el año, sin ser conscientes, en la mayoría de los casos, de cómo se ha logrado dicho retorno sobre la inversión.

Esta persona, al igual que millones de ahorradores e inversores, sólo se fijaba en la rentabilidad recibida cada año, no en el riesgo asumido para lograr dicha rentabilidad

El mensaje transmitido con este tipo de análisis disponibles en los medios de comunicación, ningunea los riesgos asumidos para lograr dicha rentabilidad. El mensaje que transmite es que el mejor producto es el que ha reportado mayor rentabilidad, sin más. Craso error. Los riesgos existen. Su no materialización no significa que no se haya incurrido en un nivel de riesgo superior al admisible en cada caso. Mientras los riesgos no se materializan es como si no existieran. Un tenedor de preferentes de una antigua caja de ahorros, con escasa cultura financiera, me comentaba que hasta que no dejaron de pagar el cupón anual la rentabilidad obtenida cada año era muy buena, teniendo en cuenta que la valoración de la inversión en el extracto periódico era el nominal, y no una cotización de mercado actualizada. Esta persona, al igual que millones de ahorradores e inversores, sólo se fijaba en la rentabilidad recibida cada año, no en el riesgo asumido para lograr dicha rentabilidad.
Los riesgos de una inversión son diversos, y no todos fácilmente medibles numéricamente. En el caso de activos con valoración diaria, como los fondos de inversión o fondos de pensiones, es útil el empleo de ratios que comparan los riesgos asumidos, entendiendo por tales la amplitud de las oscilaciones en la valoración de los activos (volatilidad). Así, para la comparación del comportamiento de fondos de inversión durante un periodo de tiempo determinado, sería más racional medir la rentabilidad lograda comparada con las oscilaciones en la valoración (ratio de Sharpe). De esta forma se sabría qué rentabilidad se ha obtenido por cada unidad de riesgo asumido. Un fondo de inversión con menor rentabilidad que otro de su misma categoría, sería más recomendable si tiene un mayor ratio de Sharpe, aunque tenga menor rentabilidad. El entendimiento de este tipo de ratios es de difícil comprensión para la gran mayoría de los ahorradores e inversores.

Aun siendo este un caso extremo, el resultado final fue la pérdida total de la inversión

La volatilidad, como medida de la variación de la valoración de los activos financieros, no sirve para medir el riesgo de aquellos productos sin valoración diaria. A modo de ejemplo, miles de inversores en filatelia recibieron durante casi dos décadas una rentabilidad anual sensiblemente mayor a la proporcionada por los bonos del Tesoro y al no existir cotización sobre los activos existía la ficción de garantía del principal y ausencia total de volatilidad o riesgo en la valoración de la inversión. Aun siendo este un caso extremo, el resultado final fue la pérdida total de la inversión, pese a la ausencia de “volatilidad” en la valoración de la inversión. La valoración de numerosos productos, como algunos estructurados, determinados
bonos o incluso planes de jubilación (no confundir con planes de pensiones) no reflejan oscilaciones en valor en los extractos periódicos recibidos por los inversores. Dicha ausencia de valoración de mercado transmite la apariencia de ausencia de riesgo de principal que en ocasiones es ficticia o al menos engañosa.
Hay un axioma que pese a la crisis no ha variado: “a mayor rentabilidad esperada, mayor riesgo asumido”. No es recomendable fiarse sólo del porcentaje de rentabilidad sin considerar los riesgos en los que se ha incurrido. Mientras los riesgos no se materializan parece como si no existieran. La experiencia de los últimos años tras la quiebra de Lehman demuestra que riesgos cuya materialización parece altamente improbable pueden llegar a materializarse.

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