Las faltas de neutralidad ideológica del Estado (I)

Las faltas de neutralidad ideológica del Estado (I)

23 enero, 2017
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Actualizado: 23 enero, 2017 18:53
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A manera de introducción a este tema, recomiendo ver en YouTube los discursos de Ronald Reagan, poniendo en el buscador la frase ‘Ronald Reagan man of faith’.
El pueblo de Israel fue evolucionando en su historia a un sistema de gobierno teocrático, en el que el rey David fue elegido directamente por Dios mediante uno de sus profetas. Igualmente en Grecia los Dioses gozaban del favor del gobierno político. Esta unión de lo religioso y político podemos observar en casi todas las civilizaciones antiguas, debido a un sano instinto de considerar que todo poder procede de Dios, y que por tanto él tiene que gozar también del favor del Estado.
En la Edad Media, la Iglesia Católica ha asumido también, supletoriamente, funciones temporales, llegando a legitimar a reyes mediante la unción pública. Fueron siglos en los que el poder temporal y espiritual estaban entrelazados de una manera que hoy se considera inaceptable, pero que entonces respondía a la mejor ciencia y conciencia, tanto de los gobernantes como de la autoridad eclesiástica. Esta situación permitió al menos impregnar al Occidente de una cultura judeo-cristiana, que a su vez sentó las bases para el gran progreso científico y cultural del Occidente.

«Putin es muy consciente del gran poder unificador que tiene la fe cristiana, por lo que la apoya firmemente para de restaurar la unidad del pueblo ruso»

Hoy la Iglesia Católica declara que sólo tiene una función y un fin puramente espiritual, y condena todo tipo de coacción o favoritismo del Estado en favor de alguna religión, ideología u oposición a los Derechos Humanos. La mayoría de los Estados, a su vez, han dejado de identificarse oficialmente con alguna religión, excepto Inglaterra, donde la reina es al mismo tiempo la cabeza de la Iglesia Anglicana, análogamente a los estados islámicos, donde la Ley de la Sharia determina también la función del Estado. Otros casos de falta de neutralidad del Estado es Rusia, donde la unión de la Iglesia Ortodoxa con el Estado es una cuestión doctrinal hondamente arraigada desde el siglo XI, cuando se produjo su separación de la Iglesia con sede en Roma, y la India, que en este sentido todavía no se ha homologado con los demás países. Putin es muy consciente del gran poder unificador que tiene la fe cristiana, por lo que la apoya firmemente para de restaurar la unidad del pueblo ruso, y, de paso, para lograr un electorado favorable a su persona. También el gobierno en la China está lejos de ser ideológicamente neutro, al igual que el Vietnam y todos los demás países donde el partido comunista tiene todavía un papel preponderante, como es el caso de Cuba. Venezuela es una caso especial de ideologización, porque el Estado pretende mandar sobre la Iglesia, llevándose por delante los más elementales principios de justicia y de respeto de los Derechos Humanos.
La cuestión de la neutralidad ideológica del Estado viene exigida por el relativismo filosófico subjetivista, introducido hace unos siglos por Descartes y luego continuado por toda una serie de filósofos, que abandonaron el ser de las cosas, como criterio de verdad, para refugiarse en el cómodo principio del ´ser para mí´, dejando de considerar al ‘ser en sí’. Y durante trescientos anos este método noreurdopeo ha ido cayendo cada vez más en la trampa de negar la posibilidad de lo verdadero. El apogeo de este raciocinio erróneo – por ser falso su punto de partida – lo encontramos en Hegel, Engels, Feuerbach y, finalmente en Karl Marx, que dio la justificación teórica a la revolución rusa de 1917 y también, con otros ingredientes, al posterior nacismo.

«Los casos extremos ha sido el caso del Nacismo con su ideología nacionalista a ultranza, que imponía por la fuerza bruta la aniquilación de la raza judía»

También hoy la verdad es un término políticamente incorrecto, porque el verdadero ser del mundo extramental impone unas exigencias a las que tantos no quieren someterse para no abandonar su propio pedestal labrado y ensalzado por falsedades más o menos conscientes. Así al ladrón no le interesa aceptar las normas éticas naturales, porque tendría que dejar de robar. Sin embargo, en la Matemática y en las ciencias experimentales, si no se hubiesen aceptado la verdad de las cosas, es decir las exigencias de leyes naturales, no hubiese sido posible el progreso tecnológico. En otras palabras, la falsificación de la verdad, en todos los campos no comprobables matemática o experimentalmente, es algo muy seductor, porque permite alcanzar una ventaja, aunque no fuese más que la autojustificación de la propia conciencia. Y donde más estragos hace este proceso es en la política, porque los gobernantes, con el poder de mando que recibieron por la legitimación democrática, pueden manipular y manejar la verdad a su antojo, como lo veremos más adelante.
Cada vez que en la historia el Estado ha enarbolado una postura parcial de tipo ideológico, al final los resultados han sido siempre malos. Los casos extremos ha sido el caso del Nacismo con su ideología nacionalista a ultranza, que imponía por la fuerza bruta la aniquilación de la raza judía, y a la vez exaltaba la raza aria germánica. Igualmente nefastos fueron los resultados de la ideología comunista, que reducía al hombre a su más mínima expresión materialista, diciendo que tiene que estar al servicio del Estado en su lucha por la abolición de las clases sociales. Ambas ideologías se han llevado por delante los 59 millones de muertos de la II guerra mundial y cien millones sacrificados en todo el mundo por el comunismo, desde 1917 hasta su hundimiento final en 1989, sin contar las matanzas de Mao en la China, unos 70 millones más. Al considerar estas cifras hay que tener en cuenta que siempre, la gran mayoría de las víctimas –sobre todo en Rusia y en la China- no fueron soldados, sino simples ciudadanos.

Pero este nuestro mundo, sin embargo, no está exento de tendencias ideológicas en los Estados, o, mejor dicho, en los gobernantes

Pero ya antes del comunismo hubo una ideología que se llevó muchas vidas: la Revolución Francesa de 1789, que consistía en una oposición violenta al antiguo régimen de gobierno de la nobleza. La ideología consistía en la exaltación de un nuevo concepto del hombre, bien lejano de la cultura judeo-cristiana, que motivó la persecución de la Iglesia Católica, en contra de la mayoría del pueblo francés, que nunca tuvo ocasión de manifestarse por el voto democrático. Así se impuso por la fuerza el humanismo racionalista expresado en las palabras de batalla de libertad, igualdad y fraternidad. Este error se reveló muy pronto como tal, cuando esta misma revolución fue matando a sus propios hijos, debido a la aparición de diversos bandos políticos en pugna por el poder. Luego, Napoleón siguió apoyándose en esta ideología, aunque de otra manera, pero también él quiso destruir a la Iglesia y al antiguo régimen. El espíritu de la Revolución Francesa ha llegado incluso a contagiar a algunos adalides políticos en Hispanoamérica a principios del siglo XIX, animando e inspirando el proceso de independencia de la Corona Española bajo el signo jacobino anticristiano.
En nuestros días nuestro mundo occidental –que manifiesta el mayor grado de neutralidad ideológica- tiene por eso mismo las más altas cotas de bienestar. Por eso en él se inspiran los países emergentes, adoptando su forma y estilo de vida y de pensamiento. En este proceso de mímesis juega un papel muy importante, hasta ahora poco conocido, el internet y los demás medios de comunicación y transmisión de imágenes y de películas. Pero este nuestro mundo, sin embargo, no está exento de tendencias ideológicas en los Estados, o, mejor dicho, en los gobernantes.
Función esencial del Estado es ejercer su poder al servicio de lo que dispone la constitución, la que en todos los países del mundo occidental estipula la vigencia de la Ley Natural, expresándola mediante la garantía de los derechos y deberes fundamentales del hombre. Estos principios son el presupuesto y la condición sine qua non de la neutralidad ideológica del estado, que indica a los gobernantes, por tanto, los límites desde los cuales su práctica de gobierno se convertiría en un favoritismo injusto de un credo o de una ideología de grupo.

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