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Sede de Johnson & Johnson.

El virus no entiende de fronteras, la vacuna sí

Paul Mielgo

Estados Unidos quiere ganar la carrera de la vacuna contra el coronavirus para inocular a sus más de 300 millones de habitantes en un tiempo récord. Para ello, la administración norteamericana ha apostado grandes cantidades de dinero en las farmacéuticas con los resultados más prometedores, como Johnson & Johnson, Moderna y Sanofi.

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Pero a diferencia de las dos primeras, la sede de Sanofi se encuentra en París. La compañía ha sido durante mucho tiempo una de las joyas de la corona de la economía francesa. Sin embargo, si Sanofi tiene éxito con el desarrollo de la vacuna, Estados Unidos la tendría en primer lugar. El consejero delegado de la multinacional gala, Paul Hudson, sostiene que “el gobierno de Estados Unidos tiene derecho al pedido anticipado más grande porque ha invertido en asumir el riesgo”.

Estados Unidos, que ha ampliado su alianza con Sanofi en febrero espera ahora tener esta preferencia. Hudson señala que la Unión Europea ha estado menos coordinada, aunque se siente alentado por los recientes esfuerzos dirigidos por Francia y Alemania. La carrera de la vacuna puede que se detenga en una frontera antes de alcanzar la meta global de la ciencia.

Los defensores de la salud pública temen por un nacionalismo potencial de las vacunas, donde los países más ricos que ayudan a la investigación y el desarrollo y a la producción de la industria puedan monopolizar en el futuro el suministro mundial. Aun así, ninguna compañía tiene la capacidad de fabricación para satisfacer la demanda global. Eso significa que más de una vacuna necesita ser efectiva contra el virus.

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El oportunismo de Sanofi ha indignado a Francia. Su presidente Emmanuel Macron planea reunirse con los directivos de la farmacéutica la próxima semana. Según fuentes del Palacio del Elíseo, una vacuna contra el Covid-19 tiene que ser un bien común que quede fuera de las reglas del mercado. Asimismo, la Organización Mundial de la Salud defiende que la vacuna es un bien público global, que pertenece a toda la Humanidad. Aún está por ver si su acceso universal es un objetivo factible o un sueño imposible.