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‘¿Y si…?’

Cuando se escriba la historia del coronavirus, se plantearan muchas preguntas a toro pasado. ¿En qué situación estaríamos si China no hubiera silenciado los primeros informes del brote en Wuhan? ¿Y si Europa hubiera respondido más rápido ante los primeros casos? ¿Y si los países hubieran escuchado las advertencias científicas de que era incluso posible que una epidemia se extendiera tanto? La política fue el talón de Aquiles que marcó la división ideológica.

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El Partido Comunista del presidente chino Xi Jinping vio el surgimiento del virus como un riesgo para su imagen. Los líderes occidentales, como el primer ministro británico, Boris Johnson, que inicialmente descartó la pandemia como algo que podía controlarse sin medidas estrictas de contención, temieron un giro de 180 grados en sus economías y en su en credibilidad ante la opinión pública.

Los pronunciamientos del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, con la mirada puesta constantemente en las elecciones de noviembre, han sido una vertiginosa montaña rusa, desde la negación de la amenaza del Covid-19 hasta el reconocimiento de que podría cobrarse decenas de miles de vidas. Su última sugerencia de tratar el coronavirus con una inyección de desinfectante o aplicando luz ultravioleta en el cuerpo humano ha sido deconcertante.

Los últimos meses han sido una historia de oportunidades perdidas: demoras en aislar a los pacientes y en aumentar los tests, en adquirir equipos de protección para los trabajadores sanitarios y en tomar medidas económicamente dolorosas pero necesarias para detener la propagación.

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Con más de 2,7 millones de infecciones confirmadas, 190.000 muertos y gran parte de la economía global en caída libre, el mundo no está cerca de ver la luz al final del túnel. A medida que los gobiernos se enfrentan a la creciente presión de restablecer algo parecido a una vida normal, se avecina la amenaza de una segunda ola. Y no está nada claro que estemos mejor preparados para eso.