La creciente tensión en el Atlántico ha devuelto a Canarias al centro del debate estratégico. Su ubicación, a medio camino entre Europa, África y América, convierte al archipiélago en una plataforma esencial para el control de rutas marítimas, la vigilancia aérea y la gestión de flujos migratorios. En las últimas semanas, el Partido Popular ha advertido de un aumento de riesgos en el entorno regional y ha reclamado una reacción más firme del Estado ante la presencia de actores internacionales en aguas próximas.
La respuesta pasa por reforzar capacidades. La prevista incorporación de nuevos cazas y sistemas de radar en islas como Lanzarote busca consolidar el escudo aéreo del archipiélago en un contexto global más incierto. No es un debate nuevo: la historia recuerda que su valor estratégico ya fue objeto de planes de ocupación a finales del siglo XIX, prueba de su peso en el equilibrio atlántico.
En paralelo, Australia también redefine su papel regional con una inversión multimillonaria en puertos e infraestructuras vinculadas a AUKUS y un aumento sostenido del gasto en defensa. Dos escenarios distintos, pero una misma lógica: asegurar posiciones clave en un tablero internacional cada vez más competitivo.