China ha transformado su gran estrategia desde finales del siglo XX, dejando atrás una etapa centrada en la supervivencia del régimen y la estabilidad interna para consolidarse como actor global. Pekín ha sabido capitalizar la globalización para expandir su poder económico, tecnológico y militar, con el objetivo de influir en las reglas del sistema internacional. Este giro estratégico refleja una ambición creciente por redefinir equilibrios y reforzar su liderazgo más allá de Asia.
En contraste, Corea del Norte mantiene un sistema político cerrado y altamente controlado. La reciente “reelección” de Kim Jong-un no implica competencia electoral real, sino la ratificación de su autoridad dentro de un régimen sustentado en la propaganda, el control institucional y la dinastía familiar. Aunque la estabilidad parece asegurada a corto plazo, persisten incógnitas sobre el futuro, especialmente ante una posible sucesión y la creciente visibilidad pública de su hija.