La estrategia exterior de Donald Trump vuelve a situar a Cuba en el centro del tablero hemisférico. La combinación de sanciones, presión energética y retórica intervencionista apunta a forzar cambios políticos en La Habana, con el riesgo de agravar la crisis interna y tensionar el equilibrio regional. Este enfoque abre, además, una ventana de oportunidad para China, que refuerza su presencia económica y tecnológica en la isla, ampliando su influencia en el Caribe.
En paralelo, el “cisne negro” de los semiconductores —la eventual ruptura china en litografía extrema— amenaza con transformar la competencia global. Un avance decisivo de Pekín en chips avanzados erosionaría la ventaja tecnológica occidental y redefiniría cadenas de suministro críticas. Ambos frentes, geopolítico y tecnológico, convergen en una misma lógica: la disputa por el poder global ya no se libra solo en territorios, sino también en laboratorios y fábricas de microchips.