La expiración en febrero de 2026 del tratado START III marca un punto de inflexión para la arquitectura global de control nuclear. Firmado en 2011 por Estados Unidos y Rusia, el acuerdo obligaba a ambas potencias a reducir en dos tercios sus arsenales nucleares desplegados y establecía un riguroso sistema de inspecciones mutuas. Su prórroga en 2021, por cinco años, fue vista como un último salvavidas para la estabilidad estratégica. Hoy, su final abre un escenario incierto.
Sin el START III, desaparece el principal mecanismo de verificación entre Washington y Moscú, en un contexto de profunda desconfianza y guerra en Ucrania. Entre las opciones sobre la mesa figuran una nueva prórroga, la negociación de un tratado que incluya a China —cuyo arsenal crece con rapidez— o un marco multilateral más amplio que incorpore a otras potencias nucleares como Francia, Reino Unido, India o Pakistán. Sin embargo, el clima geopolítico complica avances rápidos.
En paralelo, las potencias medianas buscan redefinir su papel. En el Foro de Davos, el primer ministro canadiense, Mark Carney, advirtió que el “viejo orden mundial no volverá”, en alusión a la pérdida de previsibilidad de Estados Unidos y al auge de políticas proteccionistas. Países como Canadá, Australia, Corea del Sur o miembros de la Unión Europea exploran alianzas flexibles, acuerdos comerciales alternativos y mayores compromisos en defensa.
El tablero internacional parece dirigirse hacia una estructura más fragmentada y multipolar, donde la cooperación será más selectiva y las potencias medianas actuarán como bisagras entre bloques en competencia.