Con las elecciones nacionales fijadas para el próximo 27 de octubre, Israel se asoma a una encrucijada existencial. El país debate intensamente si su futuro pasa por la mera supervivencia política de Benjamin Netanyahu o si se avecina un cambio de ciclo irreversible en su política exterior y de seguridad. La extrema tensión interna y la reconfiguración de los bloques opositores amenazan con alterar profundamente la proyección exterior del Estado hebreo, en un momento donde las decisiones sobre seguridad nacional dividen a una sociedad polarizada.
Paralelamente, el Alto Norte se calienta. El Ártico ha dejado de ser una vasta e inhóspita reserva de hielo para erigirse como el nuevo frente de poder entre la OTAN, Rusia y China. Con la Alianza Atlántica controlando ya siete de los ocho Estados árticos, el reciente lanzamiento de la misión Arctic Sentry y el despliegue multinacional en Finlandia buscan disuadir a Moscú. A este tenso pulso militar se suma el creciente apetito de Pekín, que maniobra para dominar las nuevas rutas marítimas y las materias primas estratégicas liberadas por el deshielo.