La XXX Cumbre Iberoamericana arranca en Madrid como un termómetro de la dispersión geopolítica regional. Presionada entre el paraguas de Washington y la hegemonía comercial china, la gobernanza iberoamericana se fractura ante la pugna entre nuevas derechas y progresismos, amenazando la operatividad de los consensos. Con el auge de los BRICS y la CELAC restando protagonismo al foro, Madrid intenta erigirse en puente estratégico frente a la pérdida de peso de una Unión Europea replegada en su propio tablero.
Paralelamente, las tensiones de Bruselas revelan otra encrucijada estructural: la adhesión plena de Ucrania resulta institucionalmente inviable. El peso demográfico, el impacto sobre la Política Agrícola Común y los fondos de cohesión colapsarían el presupuesto comunitario, mientras que la unanimidad y el reparto de escaños paralizarían la toma de decisiones. El realismo institucional fuerza así a la Unión a descartar la membresía clásica y buscar alternativas de geometría variable.