En el tablero estratégico del siglo XXI, la tecnología furtiva se ha consolidado como un factor decisivo para las grandes potencias. Más que lograr la invisibilidad total, estos sistemas buscan reducir al mínimo la firma radar, térmica y electrónica, permitiendo atacar primero y con mayor precisión. Esta ventaja altera el equilibrio de fuerzas al dificultar la detección y respuesta del adversario.
Estados Unidos sitúa la furtividad en el centro de su doctrina de proyección global, con aeronaves y sistemas diseñados para penetrar defensas sofisticadas y asegurar superioridad aérea. China, en cambio, impulsa esta tecnología como vía para cerrar la brecha militar con Washington, desarrollando cazas avanzados y nuevos métodos de detección que desafían el sigilo.
Israel adopta un enfoque pragmático, combinando plataformas furtivas y drones en operaciones rápidas y quirúrgicas. Aunque la furtividad no garantiza invulnerabilidad, sigue siendo clave para dominar la iniciativa en los conflictos contemporáneos.