En un contexto internacional marcado por la guerra en Ucrania y la creciente rivalidad entre potencias, Rusia ha consolidado una red de alianzas estratégicas que le permite mantener influencia global pese a las sanciones occidentales. Moscú ha estrechado su cooperación con China, su principal socio económico y diplomático, mientras fortalece vínculos militares y energéticos con Irán y amplía la colaboración en materia de defensa con Corea del Norte. Paralelamente, el bloque BRICS se ha convertido en una plataforma clave para impulsar un orden internacional más multipolar y reducir la dependencia de las estructuras dominadas por Occidente.
Sin embargo, la posición rusa también enfrenta desafíos. El reciente ataque ucraniano contra infraestructuras petroleras en San Petersburgo, coincidiendo con el Foro Económico Internacional impulsado por Vladímir Putin, evidenció vulnerabilidades internas y el impacto del conflicto sobre la proyección internacional del Kremlin. Para Europa y Estados Unidos, la consolidación de este eje liderado por Moscú plantea retos crecientes en materia de seguridad, estabilidad regional y política exterior.