La recién resucitada EBRO ha recibido esta semana a Juan Echevarría, el mismo que presidía Nissan cuando la propia EBRO desapareció en 1987. El encuentro tuvo lugar en la antigua fábrica de la Zona Franca, la misma que cerró en 2021 y que ahora, en un giro de guion muy cinematográfico, vuelve a tener luces encendidas gracias a la marca que ya no era… hasta que volvió a ser.
EBRO, ahora renombrada como EBRO EV MOTORS, ha homenajeado a Echevarría —figura clave de la compra japonesa y de la posterior disolución de la marca— con una placa y una visita guiada por la planta. Una forma elegante de cerrar el círculo: de presidente de la desaparición a padrino de la reaparición.
Según la nota oficial, el invitado se interesó por la fabricación actual de SUVs híbridos ensamblados con la tecnología de Chery, el socio chino que pone los motores (y quizás algo más). La dirección asegura que se trata de una alianza “estratégica y tecnológica” aunque, en la práctica, es difícil no pensar que EBRO está alquilando ADN industrial asiático con acento nostálgico español.
Un acto para los nostálgicos
Todo esto sucede bajo un relato de reindustrialización, sostenibilidad, y empleabilidad local, donde los camiones desaparecidos de los 80 ahora se transforman en SUVs “urbanos”, con etiqueta ECO, batería parcial y discurso completo.
¿El resultado? Una mezcla de pasado glorioso, presente importado y futuro incierto… aunque muy bien empaquetado.
La EBRO FACTORY, según sus responsables, ya cuenta con tres modelos: el s700, el s800 y el s400. Lo que no cuenta todavía es con una narrativa clara: ¿es una startup con historia o una historia que aspira a ser startup?
Para los nostálgicos, ver a Echevarría regresar al lugar donde desapareció la marca puede ser emotivo. Para los escépticos, es como si Blockbuster volviera con una app de streaming y entregara una placa a quien decidió no competir con Netflix.
El pasado glorioso siempre vende… pero el futuro se fabrica, no se homenajea.


