A veinticinco años de los atentados del 11S, la geopolítica mundial ha cambiado radicalmente. El fin del «momento unipolar» estadounidense —marcado por invasiones fallidas y vigilancia masiva— ha dado paso a un escenario donde la inestabilidad en Oriente Medio y el Sahel convive con el retorno de la gran competencia entre potencias, desplazando la prioridad antiterrorista.
En este turbulento contexto, el reciente referéndum en Islandia funciona como un fiel espejo del desencanto que rodea al proyecto comunitario. La victoria del rechazo a reanudar la integración refleja la encrucijada actual: ¿sigue valiendo la pena sumarse al club europeo?
Aunque la amenaza bélica aviva la búsqueda de un paraguas geoestratégico común, prevalece la reticencia a ceder soberanía nacional a un bloque con pérdida de influencia global y estancamiento económico. La lección islandesa confirma que la UE ya no seduce por inercia; sin autonomía ni poder disuasorio real, garantizar protección no basta cuando se exige a cambio sacrificar identidad y control sobre los recursos propios.